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martes, 12 de abril de 2011

Vestido para el éxito

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“Nosotros, en cambio, por ser del día, permanezcamos despiertos; revistámonos de la fe y del amor como de una coraza, y sea nuestro casco la esperanza de la salvación.”
(1a. Carta a los Tesalonicenses 5:8)

Imagen: conventos-clausura.blogspot.com
Los expertos en cultura nos dicen que aquellos que son exitosos son aquellos que decidieron primero colocarse el vestido del éxito. Los vendedores y las mujeres que trabajan fuera de la casa tienen más probabilidades de tener éxito si están haciendo sus llamadas de ventas en un traje que en sus pijamas. Incluso las mamás que trabajan en casa son más productivas si se cambian las batas de dormir y pantuflas y se “colocan zapatos”. Por lo tanto no es de extrañar que San Pablo nos anima para vestirnos en la fe y equiparnos con las virtudes de la fe, la esperanza y el amor. Es tentador concluir que este tipo de pensamiento es extraño pero no es para una persona moderna.

Después de todo, tenemos muchas más maneras interiores y sicológicas de expresar nuestra necesidad de preparación espiritual. La fe tiene que ver con lo que está dentro de mí, lo que fluye de mí. ¿Quién necesita una tenida de ropa espiritual? ¡Nosotros! Al decidirnos colocarnos el vestido de la fe, nos comprometemos  a vivir externamente la fe que tenemos dentro.

Todo niño que alguna vez ha usado de disfraces conoce este secreto: si tú te disfrazas de rey, es más fácil actuar como un rey; y ciertamente, una cosa es profesar nuestra lealtad a un rey celestial y otra muy distinta ser real hacia los demás,

Al colocarse el vestido de la fe, nos renovamos en una vida de fe que está expresada en nuestro comportamiento y en nuestra conducta, en nuestras maneras y manierismos, en la forma que hablamos y actuamos con los demás. Dejemos, entonces, que las palabras de San Pablo entren al corazón. Hoy pongámonos la coraza de la fe y el amor, y el casco que es la esperanza de la salvación. Esta es un forma espiritual de vestirse para el éxito.

lunes, 28 de febrero de 2011

Aquí y ahora

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Imagen: ACIPrensa.com

“Pero nosotros tenemos que dar gracias en todo momento por ustedes, hermanos amados por el Señor, pues Uds. son la parte de Dios y fueron elegidos para que se salvaran mediante la  verdadera fe y fueran santificados por el Espíritu.”
(2a. Carta a los Tesalonicenses 2:13)

Cualquier persona que haya intentado enseñar religión a alumnos de secundaria probablemente aprendió que el hablar a los jóvenes de quarks, la partícula constituyente de la materia, es menos abstracto que el hablar del cielo y del infierno. La verdad es que nosotros percibimos las realidades eternas como irrelevantes en comparación con lo que podemos ver, oir o tocar. Cuando se toca el creer en las acciones de Dios, la mayoría de nosotros las relacionamos más fácilmente con las catástrofes físicas como terremotos o eclipses lunares que con hechos históricos como es la liberación de los israelitas de Egipto; un montón de nómadas en el desierto que cruzaron el mar sin ahogarse y que fueron guiados por un tartamudo, como Moisés.

Y así es con nosotros cuando San Pablo nos dice que somos los primeros frutos de la salvación.  Nosotros pensamos en la salvación como algo parecido al reloj que marca nuestra asistencia al trabajo. Cuando hemos terminado nuestros esfuerzos para vivir nuestra vida del modo más noble posible y alcanzamos el fin de nuestra vida es como terminar la jornada de trabajo. La verdad es que no hay tal cosa como un fin a la jornada de la vida, siendo que tenemos que vivirla noblemente cada hora. La eternidad, el cielo y el infierno son realidades que ya hemos empezado a vivir acá. Diciéndolo sencillamente, o estamos orientados a relacionarnos con nuestro Creador o estamos alejándonos de esa relación. ¡Quien sabe si tal vez pensamos que las personas que van en dirección opuesta o los que están a nuestras espaldas nos van a golpear!

Es por esto, que como cristianos, Él nos ha tomado por el Bautismo miembros de su pueblo definitivo. Así hizo con los antiguos israelitas a pesar de todas sus debilidades, fobias y traiciones. Esos israelitas fueron un signo para los egipcios de que estaban lidiando con algo más grande que un montón de esclavos que fabricaban tiendas de campamento y que hacían ladrillos.

Lo mismo hicieron los romanos que a pesar de exponer a la muerte al puebo elegido de Dios fueron forzados a ver que ellos no podían poner  fin a un hecho histórico.

Al hacernos sus primeros frutos Dios demuestra que EL está en el cielo y que también está presente entre nosotros acá en la tierra.

miércoles, 27 de mayo de 2009

¿Cómo podemos ser felices en el Cielo sin las cosas que nos hacen felices en la Tierra?

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Desde hace muchos años muchos han imaginado el cielo como un lugar donde todos, empezando con Dios y los ángeles hasta los santos, se vestían de blanco como si estuvieran gozando de una comida divina en un día de campo. Hoy en día, todos sabemos que esa imagen era una fantasía; todos estamos seguros que el cielo no es un día de campo con alimentos divinos.

El problema que tenemos es que nuestro conocimiento real acerca del cielo es teórico. Sabemos que el cielo es una vida que nos llena por completo de una gran alegría y una felicidad sin fin. Sin embargo, no tenemos el modo para describir eso porque va más allá de nuestras experiencias actuales.

En los evangelios Jesús compara el cielo con un banquete de bodas. Lo hace porque los banquetes y las bodas son ocasiones de un gran gozo y alegría. Sin embargo, somos pocos que tomamos esas descripciones tan literalmente que nos preocupamos de la carne o los vegetales o el vino que se servirá.

Sin duda encontraremos y conoceremos nuestros amigos en el cielo. Si el Cuerpo Místico, la comunión de los santos y la familia de Dios significan algo, podemos estar seguros que gozaremos y encontraremos la felicidad en nuestras relaciones de una manera más elevada que en esta tierra.

Los placeres de los que gozamos aquí en la tierra, como tocar la guitarra o piano, pueden parecer muy importantes ahora pero probablemente no tendrán la misma importancia en la eternidad. Sin embargo, todo lo que se necesita para nuestra felicidad, de una u otra manera, Dios lo proveerá.

El cielo, la vida después de la muerte, es un tipo diferente de vida y existencia. El gozo principal de la vida con Dios está en amar a Dios y ser amado por Dios: la felicidad que llega de las esperanzas realizadas. Ya deja de imaginar que la vida después de la muerte y el cielo son simplemente una continuación de la vida que ahora tenemos pero más allá de las nubes o de otro planeta.

Blogumulus by Roy Tanck and Amanda Fazani

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