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miércoles, 17 de abril de 2013

El encuentro con Cristo trae paz al alma

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Leemos en el Evangelio: Como le vieron caminar sobre el mar, pensaron que era un fantasma, y levantaron el grito. Porque todos le vieron, y se asustaron. Pero Jesús les habló luego, y dijo: ¡Animo! Soy Yo, no temáis (Mc 6,49-50).

El encuentro con Cristo trae la paz al alma. Durante la última guerra mundial, el filósofo alemán Landsberg llevaba siempre consigo una ampolla con un poderoso veneno para usarlo como última posibilidad de escapar de la opresión nazi. A mitad de la guerra, en el verano de 1942, destruyó la ampolla y escribió en su diario: «He encontrado a Cristo; se me ha revelado». En efecto, encontrar a Cristo fue para él la paz y librarse del miedo que le atenazaba.

Cfr. J. Ablewicz, Seréis mis testigos

jueves, 14 de junio de 2012

Conocer el camino para ser un buen pastor

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Los hombres podemos ser causa de alegría o de tristeza, luz u oscuridad, fuente de paz o de inquietud, fermento que esponja o peso muerto que retrasa el camino de otros. Nuestro paso por la tierra no es indiferente: ayudamos a otros a encontrar a Cristo o los separamos de Él; enriquecemos o empobrecemos. Y nos encontramos a tantos amigos, compañeros de profesión, familiares, vecinos..., que parecen ir como ciegos detrás de los bienes materiales, que los alejan del verdadero Bien, Jesucristo. Van como perdidos. Y para que el guía de ciegos no sea también ciego no basta saber de oídas, por referencias; para ayudar a quienes tratamos no basta un vago y superficial conocimiento del camino. Es necesario andarlo, conocer los obstáculos... Es preciso tener vida interior, trato personal diario con Jesús, ir conociendo cada vez con más profundidad su doctrina, luchar con empeño por superar los propios defectos. El apostolado nace de un gran amor a Cristo.

Fuente: Hablar con Dios

jueves, 8 de marzo de 2012

“Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”

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Jn 6, 68

A la gente que iba a su encuentro, Jesús le hablaba del Reino de Dios1. Lo hacía con palabras simples, tomadas de la vida de cada día, pero su mo-do de hablar tenía una fascinación particular. La gente quedaba impactada por sus enseñanzas ya que hablaba como quien tiene autoridad, no como los escribas2. Incluso cuando los sumos sacerdotes y los fariseos les preguntaron a los guardias que debían arrestarlo por qué no habían ejecutado la orden, ellos respondieron: “Nadie habló jamás como este hombre”3.

El evangelio de Juan refiere también conversaciones luminosas con personas como Nicodemo o la samaritana. Jesús va más hondo aún con sus apóstoles: habla abiertamente del Padre y de las cosas del cielo, sin usar semejanzas4; ellos se sienten conquistados y no se echan atrás ni siquiera cuando no comprenden del todo sus palabras, o cuando les parecen dema-siado exigentes.

“¡Es duro este lenguaje!” 5 le dijeron algunos discípulos cuando escu-charon que les habría dado a comer su carne y a beber su sangre.

Al ver que los discípulos se alejaban de él y dejaban de acompañarlo, Jesús se dirigió a los doce: “¿También ustedes quieren irse?”6.

Pedro, unido a él para siempre, fascinado por las palabras que le había oído pronunciar desde que lo había encontrado, respondió en nombre de to-dos: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”.
Pedro había comprendido que las palabras de su maestro eran diferentes a las de otros. Las palabras que van de la tierra a la tierra tienen el des-tino de la tierra. Las palabras de Jesús son espíritu y vida porque vienen del cielo: una luz que desciende de lo alto con toda su potencia. Sus palabras tienen una consistencia y una profundidad que otras no tienen, aunque per-tenezcan a filósofos, políticos o poetas. Son “palabras de vida eterna”7 por-que contienen, expresan y comunican la plenitud de una vida que no tiene fin porque es la de Dios.

Jesús resucitó y sus palabras, aunque hayan sido pronunciadas en el pasado, no son un recuerdo. Las suyas son palabras dirigidas a todos y a cada uno en cualquier tiempo y cultura: palabras universales y eternas.
Las palabras deben haber sido el arte más exquisito de Jesús. El Verbo que habla con palabras humanas. ¡Qué contenidos, qué intensidad y qué acento en su voz!.

“Un día – refiere Basilio el grande8– como despertando de un largo sueño vi la luz maravillosa de la verdad del evangelio y descubrí la vanidad de la sabiduría de este mundo”.

Teresa de Lisieux escribe, en una carta fechada el 9 de mayo de 1897: “A veces, cuando leo ciertos escritos espirituales . . . mi pobre y pequeño espíritu no tarda en cansarse. Cierro el libro de los sapientes que rompe mi cabeza y seca mi corazón y tomo en mis manos la Sagrada Escritura. Entonces, todo se vuelve luminoso, una sola palabra le abre a mi alma horizontes infinitos y la perfección me parece fácil”9.
Las palabras divinas  sacian al espíritu hecho para lo infinito; iluminan no sólo la mente, sino todo el ser, porque son luz, amor y vida. Dan paz – esa paz que Jesús dice suya – aún en los momentos de turbación y angustia. Dan alegría plena aún en medio del dolor que a veces oprime el alma. Dan fuerza cuando sobreviene el desconcierto por el desaliento. Abren el camino de la verdad.

La palabra de este mes nos recuerda que el único maestro que debemos seguir es Jesús, aún cuando sus palabras puedan parecer duras o de-masiado exigentes: ser honestos en el trabajo, perdonar, ponerse al servicio del otro en lugar de pensar de manera egoísta, ser fieles en la vida familiar, asistir a un enfermo terminal sin ceder a la idea de la eutanasia.

Abundan maestros que proponen soluciones fáciles  y componendas. Nosotros queremos escuchar al único maestro que dice la verdad y tiene “palabras de vida eterna”.

En este período de Cuaresma, cuando nos preparamos para la gran fiesta de la Resurrección, tenemos que ponernos realmente en la escuela de único Maestro y ser sus discípulos. También en nosotros debe nacer un amor apasionado por la palabra de Dios. Debemos recibirla con atención cuando es proclamada en las iglesias, cuando la leemos, la estudiamos o la meditamos.

Estamos llamados a vivirla como la misma Escritura enseña: “Pongan en práctica la palabra y no se contenten sólo con oírla de manera que no se engañen a ustedes mismos”10. Al vivir una palabra de Jesús estamos viviendo todo el evangelio, porque en cada una se da por entero y viene a vivir en nosotros. Es como una gota de la sabiduría divina del Resucitado que lentamente penetra en nosotros y cambia nuestro modo de pensar, de querer y de actuar en cada circunstancia de la vida.

Chiara Lubich
Palabra de vida publicada por primera vez en marzo de 2003.
1) Lucas, 9, 11; 2) Mateo, 7, 29; 3) Juan, 7, 24; 4) Juan, 16, 25 y 3, 12; 5) Juan, 6, 60; 6) Juan, 6, 67; 7) Juan, 6, 68; 8) Basilio (330 – 379) obispo de Cesarea y uno de los Padres de la Iglesia; 9) Carta 202, 10) Santiago 1, 22.


lunes, 30 de mayo de 2011

Sé tu mismo

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“Y todo lo que puedan decir o hacer, haganló en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él. Cualquier trabajo que hagan, háganlo de buena gana, pensando que trabajan para el Señor y no para los hombres. Bien saben que el Señor los recompensará dándoles la herencia prometida. Su Señor es Cristo y están a su servicio.”
(Carta a los Colosenses 3:17,23-24)

El profesor de Religión le preguntó a Roberto: “¿Puedes darme una cita de alguno de los santos?” Roberto, que estaba estudiando las notas para su examen de Inglés dijo: “Sé tú mismo”. “¿Y qué santo dijo eso?”, preguntó el profesor.”¿San Pablo?” susurró Roberto tratando de adivinar. “No,” dijo el maestro, que había visto las notas, “fue escrito por Shakespeare.” “Apuesto que las copió de San Pablo”, dijo el niño.

Claro Shakespeare no copió las palabras de San Pablo, pero podría haberlo hecho, si hubiera leído con atención este pasaje de Colosenses. San Pablo, en efecto, nos está exhortando a ser lo que realmente somos en todo lo que hagamos. Para recoger el significado del pasaje Shakespeare tendría primero que haber consultado una fuente más vieja. Al filósofo de la Antigua Grecia Sócrates le gustaba consultar el oráculo de Delfi: “Conócete a ti mismo”. Para ser lo que realmente somos, uno primero debe conocerse. 

Una de las frases favoritas de San Pablo es “en Cristo” que va a nuestras raíces: somos miembros del Cuerpo de Cristo. Para actuar como verdaderamente somos tenemos que actuar siempre en el nombre de Jesucristo, porque hemos estado unidos íntimamente con él. Podemos actuar desde el corazón, porque nuestros corazones pertenecen a Cristo quien los llena de gracia. No debemos quedar indecisos entre la literatura inglesa y la filosofía de la Antigua Grecia, debemos descubrir qué es lo que significa hablar y actuar con el corazón afianzado en Cristo. El Evangelio es el punto de referencia  con el que verificamos la autenticidad de nuestras palabras y hechos. Buscamos ser verdaderos con nosotros mismos siendo verdaderos con Cristo, no por otra causa, sino por la causa de EL. Ser verdaderos con El es ser agradecidos con su amor. Y solamente siendo verdaderos con El podremos servir genuinamente a otros.

La recompensa es grande: Nosotros que somos el Cuerpo de Cristo, somos los herederos de su Gloria. ¡Demos siempre gracias a Dios!

lunes, 21 de marzo de 2011

¿Al fin y al cabo, quién actúa?

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Imagen: Aci Prensa

“Estos son nuestros pensamientos en todo momento mientras rogamos por ustedes: que nuestro Dios
los haga dignos de su llamada y que, por su poder, lleve a efecto sus buenos propósitos, haciendo que
su fe sea activa y eficiente. De ese modo el nombre de Jesús, nuestro Señor, será glorificado a través de ustedes y ustedes lo serán en él, por gracia de nuestro Dios y de Cristo Jesús, el Señor. ”

Muchas veces, cuando la gente habla acerca de la santidad, la impresión que uno se lleva es que la santidad es algo reservada para las personas jemplares entre nosotros, aquellos que pueden concentrarse en las cosas del espíritu poniendo a un lado preocupaciones y quehaceres cotidianos.

Nos olvidamos que no fuimos nosotros los que tomamos la decisión de ser bautizados. Nosotros no fuimos quienes decidimos darnos la existencia. Pero, más importante aún, nos olvidamos que al llegar a tener vida humana, la intención de Dios fue de remover una cierta presuposición de nosotros que nos dice que nuestras ansiedades no preocupan a Dios. Nos olvidamos que para caminar con nosotros a lo largo de la historia, Jesús no se basó en cosas vagas o especulaciones.

El grupo de personas que Jesús eligió para hacer su presencia visible en la historia realizará su misión a través de la eficacia de los sacramentos de la Iglesia. Jesús tiene la energía divina de perfeccionar todo lo bueno y lo no tan bueno de nosotros. La mentalidad que separa la santidad del resto de nuestra vida es la misma mentalidad que niega que Dios desea ser visto objetivamente a través de la Iglesia.

 Esta verdad nos lleva a reconocer que son nuestros propios conocimientos y sabiduría que aseguran la presencia de Cristo entre nosotros. Podemos preguntarnos si es el Cristo de la historia o el Hijo de Dios presente por toda la historia que revela su presencia en el mundo. Esa es la diferencia entre ver
a un hombre parado en la esquina de la calle con un letrero que dice arrepentido y ver a la Madre Teresa recogiendo a un hombre muriendo en la calle de Calcuta. ¿Qué es lo que mueve más nuestros corazones?

Para la Madre Teresa, el relacionarse con Cristo no fue algo que ella hiciera después de limpiar las llagas de un hombre enfermo. Era dentro y a través de las verdaderas llagas que ella se relacionó con Cristo.

martes, 8 de febrero de 2011

La culpa

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Imagen: arandapolitica.blogspot.com
(2a. Carta a los Tesalonicenses 3:3)“El Señor es fiel: a ustedes los fortalecerá y preservará del Maligno.”

En la niñez las pesadillas toman forma de mounstros cazándonos. En la edad adulta las imágenes cambian por otras más sofisticadas que reflejan cosas como el miedo de volar o ansiedad acerca de la relación que tenemos con nuestro padre o nuestro jefe.

Es divertido como Dios nos enseña lo que es la maldad. Cuando somos niños, nos hace percibir mounstros que nos atrapan. Cuando somos adultos creemos que hemos superado estos temores, ciegos a la identidad del monstruo y llenos de culpas por cómo hemos sido enrredados con sus trucos. Y es aquí cuando quedamos atrapados: nos entrenamos para acostumbrarnos al descontento y enajenación del mal, desde que el truco del pecado no es el Diablo mismo así como el odio o desinterés que engendra, el sentido de que no somos hijos del Padre y que no podemos darle la cara. Así construímos nuestras vidas y nuestras culturas, en torno al dolor de la pérdida de identidad.

La poeta Anne Bradstreet, en el poema Al quemar nuestra casa, cuenta en verso como el fuego destruyó su casa en 1666. Debió ser algo que ella merecía por haber puesto tanta importancia a las cosas materiales, como si necesitara un tipo de auto-recriminación para complacer a Dios. Pero, eso nunca es el caso.

Cristo nos protege del Mal ofreciéndonos su libertad, que siempre abre la puerta a la atracción de su amor. Todo lo que Cristo nos pide es nuestro arrepentimiento, es decir, el ser capaces de reconocer que hemos ido en contra de nosotros mismos y de la realidad. Es por eso que necesitámos una acción concreta. Esa acción es la confesión, siendo que la buena nueva de nuestra salvación es que Cristo mismo nunca nos culpa. El no se queja de nosotros, sino que muestra misericordia en todo momento - algo que ninguna cultura humana antes de la llamada de Abraham, nuestro padre en la fe, aún había oído. 

viernes, 26 de noviembre de 2010

Las fuerzas especiales de Cristo

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aciprensa.com

“ Soporta las dificultades como un buen soldado de Cristo Jesús.”
(2a. Carta a Timoteo 2:3)

Como vemos en la vida de Cristo Jesús, San Pablo y los primeros discípulos la vida Cristiana no es fácil.

Jesús quiere que sus seguidores reconozcan los costos de la disciplina. Por medio de una imagen El dice que  debemos comportarnos como un general antes de la batalla calculando lo que va a costar conquistar un gran ejército invasor armado. El único camino para triunfar contra las fuerzas poderosas que están en contra de nosotros, dice Jesús, es haciendo una elección radical prefiriendo a El sobre todos nuestros familiares y las posesiones materiales. Tenemos que alzar nuestra cruz cada día y seguirlo hasta la crucifixion. Tenemos que elegir  la vida con El, incluso si eso significa nuestra muerte, muerte social o física.

San Pablo se enlistó en el ejército de Cristo y nunca dejó de luchar la batalla de la fe.  El soportó las dificultades que se le presentaron al lado de Cristo; y así suplió lo que faltaba en los sufrimientos de Cristo por el bien de la Iglesia. Al final de su vida, el animó a Timoteo de la misma manera para que hiciera su parte como “buen soldado de Cristo Jesús.”

Un buen soldado está centrado cuando sabe cumplir con obligaciones y es disciplinado, obediente, valiente, leal y honorable. El funciona como un miembro de una unidad, peleándo por algo mayor que sí mismo. El está acostumbrado al sacrificio. El está dispuesto a dar su vida por los demás. De hecho, toda disciplina debería tener estos rasgos de soldado.

Hoy en día algunos se resisten a estas imágenes militares como indignos del Evangelio. Ellos dicen que Cristo vino a traer paz, y transformarnos en hacedores de la paz. Aparentemente a Poncio Pilato y los líderes judíos no les llegó este mensaje a tiempo.

Cristo subrayó, de hecho, que no llegó a traer paz sino la espada; llegó para apostar su vida; llegó para salvar a su rebaño. En el campo de batalla de la vida la paz no se alcanza negociando con las fuerzas del mal, sino de conquistando el mal con amor.

La guerra continua y Cristo aún está buscando algunos buenas personas para ser parte de su ejército del amor.

martes, 20 de julio de 2010

Lo bueno en vos

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“ Ojalá esa fe se vea en las obras y manifieste todo lo bueno que tenemos en Cristo” 
(Filemón 1:6)

Las cosas viajan fácilmente en la cinta transportadora. Siete cosas en la línea para “12 elementos o menos”. El cajero los escaneó  rápidamente, mientras yo los ponía en una bolsa. Ella estaba confundida  y me dijo el total de la cuenta. Claramente las cosas eran pequeñas y no eran caras, pero el total de la cuenta era cercano a los 100 dólares. Miramos en la caja registradora. Un emparedado costaba casi 50 dólares. Y continuaba marcando con ese precio, por lo que finalmente la cajera decidió llamar al administrador. Miré a la cajera y bromeé: “ Ese debe ser un emparedado muy rico”. Ella hizo un guiño y me respondió: “ Yo lo he comido, y creeme, no es tan rico”.

Es difícil saber a veces lo que es realmente bueno, lo que es realmente importante o lo que realmente importa. Nuestros supermercados están llenos de productos, y nuestros televisores muestran cientos de canales. A nuestro alrededor hay gente que parece más inteligente que nosotros, más espiritual o más bonita. En medio de todo eso nos podemos sentir insignificantes o pensamos que no somos importantes.

Es Jesús quien dice que tu vida importa. Es fácil enfocarse en el éxito de otros y en nuestras propias fallas. Jesús ve el talento que hay en cada uno de nosotros. El quiere que usemos ese talento para guiar a otras personas hacia El. La clave de la espiritualidad es entender que hay algo en ti que es único y forma parte del plan de Dios.

Sí, hay gente que es más santa y más espiritual que nosotros. Pero tú no eres un actor insignificante en la historia de la fe. En tu vida - tus relaciones, las situaciones que encuentras día a día - tienes las oportunidad de guiar a alguien en el camino de Cristo. Puede ser una palabra, un gesto o alguna decisión. Tú puedes insistir en que alguien lo puede hacer major que tú, pero Jesús quiere que tú seas esa persona, porque El cree que tú eres así de bueno.


jueves, 8 de julio de 2010

Una persona, Dos personas

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Adán inició todo y se equivocó; Cristo lo inicio de nuevo y no se equivocó.


Contrastar a Cristo con Adán es una fuente rica de reflexiones cristianas. San Pablo introduce el tema y San Irineo de Lyons, uno de los padres de la Iglesia del Siglo II  la desarrolló.

Se desarrolló todavía más el tema durante la Edad Media en Arte y Música. San Pablo nombra a Cristo el Ultimo Adán, el hombre  final y perfecto en contraste con el primer Adán. San Irineo escribió acerca de Cristo en términos de  recapitulación que no significa “resumir” sino “iniciando de nuevo”.

Adán inició todo y se equivocó; Cristo lo inicio de nuevo y no se equivocó, como los escritores cristianos desarrollan el tema; ellos ven más puntos de comparación así como el pecado entró en el mundo a través del árbol en el jardín del Edén, así la redención entró en el mundo a través del árbol de la cruz.

Así como la primera mujer Eva fue sacada de la costilla de  Adán cuando dormía, así la Iglesia nació del lado de la costilla de Cristo muerto. La desobediencia de Adán resultó en un fracaso; la obediencia de Cristo resultó en la victoria. Así como San Irineo creyó, la Virgen Eva llegó a ser la causa de la muerte por su pecado; la Virgen María es la causa de salvación por su SI: “hágase su voluntad en mi”.

Eva escuchó a una serpiente; María escuchó a un ángel. Aun hay una tradición medieval que dice que el Gólgota fue el sitio del sepulcro de Adán. A veces, representaciones de la Crucifixión muestran  una calavera al pie de la cruz: esa calavera no es cualquier calavera, sino la calavera de Adán.

Por el maravilloso sentido medieval de armonía la caída original en el pecado y la redención están unidas en un mismo lugar. Así San Pablo nos invita a contemplar el gran drama cósmico de nuestra redención comparando a 2 personas, Adán y Cristo, y viendo toda la historia de la raza humana resumida en ellos 2, el primer Adán y el Ultimo Adán. Es esto lo que San Pablo señala cuando escribe: “Así fue la caída, pero el don de Dios no tiene comparación. Pues si todos mueren por la falta de uno sólo, la gracia de Dios se multiplica más todavía cuando este don gratuito pasa de un solo hombre, Jesucristo, a toda una muchedumbre”. (Romanos 5: 15)

martes, 29 de junio de 2010

Lo bueno en vos

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“ Ojalá esa fe se vea en las obras y manifieste todo lo bueno que tenemos en Cristo”
(Filemón 1:6)

Las cosas viajan fácilmente en la cinta transportadora. Siete cosas en la línea para “12 elementos o menos”. El cajero los escaneó rápidamente, mientras yo los ponía en una bolsa. Ella estaba confundida y me dijo el total de la cuenta. Claramente las cosas eran pequeñas y no eran caras, pero el total de la cuenta era cercano a los 100 dólares. Miramos en la caja registradora. Un emparedado costaba casi 50 dólares. Y continuaba marcando con ese precio, por lo que finalmente la cajera decidió llamar al administrador. Miré a la cajera y bromeé: “ Ese debe ser un emparedado muy rico”. Ella hizo un guiño y me respondió: “ Yo lo he comido, y creeme, no es tan rico”.

Es difícil saber a veces lo que es realmente bueno, lo que es realmente importante o lo que realmente importa. Nuestros supermercados están llenos de productos, y nuestros televisores muestran cientos de canales. A nuestro alrededor hay gente que parece más inteligente que nosotros, más espiritual o más bonita. En medio de todo eso nos podemos sentir insignificantes o pensamos que no somos importantes.

Es Jesús quien dice que tu vida importa. Es fácil enfocarse en el éxito de otros y en nuestras propias fallas. Jesús ve el talento que hay en cada uno de nosotros. El quiere que usemos ese talento para guiar a otras personas hacia El. La clave de la espiritualidad es entender que hay algo en ti que es único y forma parte del plan de Dios.
Sí, hay gente que es más santa y más espiritual que nosotros. Pero tú no eres un actor insignificante en la historia de la fe. En tu vida - tus relaciones, las situaciones que encuentras día a día - tienes las oportunidad de guiar a alguien en el camino de Cristo. Puede ser una palabra, un gesto o alguna decisión. Tú puedes insistir en que alguien lo puede hacer major que tú, pero Jesús quiere que tú seas esa persona, porque El cree que tú eres así de bueno.

martes, 19 de enero de 2010

El Padre Nuestro

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¿Qué ocurrió cuando Jesús se retiraba a la montaña para orar? Si pudiéramos gatear dentro de su soledad y escuchar su comunicación con Dios Padre estaríamos verdaderamente bendecidos. Pero ¿qué es exactamente lo que Jesús nos ha dado en la oración del Padre Nuestro? En ella encontramos la oración de Jesús en toda su simplicidad y belleza.

Podemos examinar unas pocas frases de esta oración bajo la luz de la sagrada escritura (Marcos 6: 45-52)
¡Santificado sea tu nombre!... ¿Qué puede ser Dios si no es amor? El papa Benedicto XVI llamó nuestra atención a este misterio en su primera carta encíclica Deus caritas est. En la primera carta de San Juan (capítulo 4: 11-18) se dice esto de manera muy clara: “Dios es amor, y el que vive en el amor vive en Dios y Dios en él.” Por esa razón si nosotros utilizamos los nombres Padre, Hijo y Espíritu o Creador, Redentor y Santificador hablamos de ese único nombre: AMOR. Sobre la montaña en su tranquila soledad Jesús experimentó de nuevo la intimidad que es el fin último de la oración.

Venga a nosotros tu reino…  En el corazón de la oración de Jesús hubo una pasión, que Dios Padre reinara en los corazones de todas las personas y naciones. El deseo caracteriza la oración. Es el latido de la oración. Así vemos que Jesús era celoso por la verdad y la caridad, la libertad y la justicia, las 4 características del reino que llamamos Paz. Cuando se experimenta este reinado, el temor no puede encontrar una casa, un lugar donde hospedarse, esta expulsado por el amor perfecto; está expulsado por la cercanía de Dios.

¡Hágase tu voluntad!... La oración auténtica nos lleva a la conversión del corazón. Cuando subimos a la montaña con Jesús para participar en su oración al Padre, deberíamos estar dispuestos a rendir nuestro espíritu rebelde. Deberíamos estar dispuestos a dar la espalda a todo lo que se opone a la voluntad de unidad y paz de Dios.

Un teólogo lo dice bien: “Pero la oración, en un corazón sereno, amable y atento  descansa en Dios, es todo un camino de vida. La oración es el vivir desde el corazón como respuesta a una vida que fluye derramándose; es  amor.”

¿Qué papel juega el “Padre Nuestro” en tu vida espiritual?

martes, 20 de octubre de 2009

¿Cómo existió Jesús antes de su encarnación?

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 El Hijo de Dios, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, existió desde toda la eternidad, siendo uno con el Padre y el Espíritu Santo.

Antes de su encarnación esta Segunda Persona de la Trinidad no tenía ni cuerpo humano ni naturaleza humana. En el momento de su encarnación, es decir, cuando María acepto ser la madre de Jesús, y por la acción poderosa del Espíritu Santo, Jesús fue concebido por María. En ese momento la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Hijo, tomó una naturaleza humana. En el Ángelus decimos, "y la palabra se hizo carne…y habitó entre nosotros". En el Credo decimos, “El nació de la Virgen María y se hizo hombre" Consecuentemente, en la persona del Hijo encarnado de Dios ambos la naturaleza divina y la humana se unen. Jesús como Hijo de Dios siempre existió.

Desde el momento de su concepción en el vientre de María el Hijo se hizo humano.

martes, 28 de julio de 2009

Quiénes fueron los ladrones que crucificaron con Jesús

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El evangelio según San Lucas (23:33-43) nos cuenta que Jesús fue crucificado entre dos ladrones. San Lucas no nos da el nombre de ninguno de los dos. Sin embargo, tres diferentes colecciones de las vidas de los santos dan a ellos los nombres de Dimas, tradicionalmente considerado como ‘el buen ladrón’, y Gestas, el ladrón que no se arrepintió.

Estas colecciones de las vidas de los santos utilizan como fuente de esta información un evangelio de la infancia de Jesús de lengua Arábica. Este libro era muy popular durante la Edad Media. Contiene una leyenda o mito que dice que la Sagrada Familia fue asaltada por bandidos mientras que huían a Egipto.

De acuerdo con su carácter Dimas pagó a Gestas 40 dracmas para dejar ilesa a la Sagrada Familia. En ese momento el Niño Jesús predijo que los dos serian crucificados con El en Jerusalén y que El llevaría a Dimas con El al paraíso.

martes, 5 de mayo de 2009

La belleza del cristianismo es posible

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Ninguna tristeza y ningún dolor o contrariedad tendrán la fuerza suficiente para quitarnos esta certeza: Jesucristo vive y con El todo es nuevo.

En los Evangelios queda claro que ni los apósteles ni los demás discípulos del Señor esperaban la resurrección. De ahí la sorpresa de María Magdalena, que piensa que se han llevado el cadáver de Jesucristo. Sin embargo, todos ellos acabaron creyendo. Al meditar los textos de los Evangelios sobre la resurrección de Jesucristo, uno se da cuenta de que la sorpresa inicial y la fe posterior coinciden con unos corazones que amaban intensamente al Señor.

La muerte en la cruz era un hecho irrefutable y vergonzoso, pero nunca dejaron de anunciarla. Sabían lo que había sucedido en la cima del Gólgota y conocían el lugar de la sepultura, pero eso no les impidió conocer la resurrección y creer en ella.

A muchos siglos de distancia y habiendo celebrado muchas veces esta solemnidad se siente cierta añoranza por experimentar la misma emoción que los primeros testigos de la resurrección.

La Iglesia enriquece su culto para darle el máximo esplendor (bendición del fuego, del agua, renovación de las promesas bautismales por los creyentes…) e intenta captar el resplandor de aquella noche gloriosa. El hecho de la resurrección, la afirmación de que Jesucristo vive, ilumina todo lo que ha sucedido hasta entonces y también ha de transfigurar con su luz toda nuestra existencia.

María Magdalena, Pedro, Juan y los demás apóstoles cambiaron su percepción de las cosas porque se encontraron con el Señor resucitado. Eso también se nos ha dado a nosotros, aunque de otra manera. Jesucristo nos ha comunicado su vida. San Pedro se refiere a ello indicando que los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados. Ese perdón nos llega por el bautismo, que supone incorporarse a la muerte de Jesucristo. Hay que abandonarse en el Señor, que nos sorprende entregándonos “una identidad nueva”, como dice el Papa Benedicto XVI.

San Pablo se refiere a ello al escribir a los Colosenses: Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de arriba, aunque señala, que nuestra vida esta con Cristo escondida en Dios. El Apóstol no solo afirma que Jesucristo ha resucitado, sino que también dice que lo hemos hecho nosotros (por el bautismo). La vida del Resucitado nos ha cambiado al hacernos hijos de Dios. La alegría del Domingo de Resurrección nos invita también a volver sobre esa identidad nueva que hemos recibido. La aspersión del agua que se realiza durante la liturgia de la Pascua es especialmente significativa: somos sepultados con Cristo y resucitados con El.

Dice el Evangelio según San Juan que los Apóstoles comprendieron las Escrituras cuando reconocieron la resurrección del Señor. Ahí se nos indica también que toda la verdad del Evangelio, que a veces nos cuesta aceptar en la teoría o la práctica, adquiere su verdadera fisonomía a la luz de la resurrección. La tumba esta vacía y Jesucristo vive verdaderamente y es contemporáneo nuestro.

Por eso, la belleza del cristianismo, que muchos contemplan con tristeza porque piensan irrealizable, es posible. Lo canta la Iglesia en el día de Pascuas en que se nos hace manifiesto que ninguna tristeza y ningún dolor o contrariedad tendrán la fuerza suficiente para quitarnos esta certeza: Jesucristo vive y con El todo es nuevo.

(Sacado de un articulo de David Amado Fernández en Magnificat)

viernes, 10 de abril de 2009

Jesucristo

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Vino a salvar al mundo y los suyos le negaron ante Pilatos

Nos enseñó el camino del bien y lo arrastraron por la vía del Calvario
Dio ejemplo en todo y prefirieron a un ladrón homicida
Nació para perdonar y -sin motivo- lo condenaron al suplicio
Llegó por senderos de paz y le declararon la guerra
Era la Luz y lo entregaron en poder de las tinieblas
Traía Amor y le pagaron con odio
Vino para ser Rey y lo coronaron de espinas
Se hizo siervo para liberarnos del pecado y le clavaron en la Cruz
Tomó carne para darnos Vida y nosotros le recompensamos con la muerte

                                          San Josemaría, del texto "Vía Crucis"

Blogumulus by Roy Tanck and Amanda Fazani

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