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sábado, 2 de junio de 2012

Un pan que no perece

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“Trabajen no por el alimento perecedero,
sino por el que permanece hasta la Vida eterna,
el que les dará el Hijo del hombre”
 (Jn, 6,27)*

Después de haber dado de comer a la muchedumbre con la multiplicación de los panes frente al lago de Tiberíades, Jesús se había retirado de incógnito a la otra orilla, en la región de Cafarnaún, para escapar de la gente que quería proclamarlo rey. Sin embargo, muchos igualmente se pusieron a buscarlo y lo alcanzaron. Pero él no aceptó ese entusiasmo demasiado interesado. Ellos habían comido el pan milagroso, pero se quedaron en las meras ventajas materiales sin percibir el significado profundo de ese pan que manifiesta en Jesús al enviado del Padre, el que da la verdadera vida al mundo. Vieron en él solamente a un taumaturgo, un Mesías terrenal, capaz de darles alimento material en abundancia y a buen precio. En ese contexto, Jesús les dice: “Trabajen no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre”.

El “alimento no perecedero” es la persona misma de Jesús y también su enseñanza, porque la enseñanaza de Jesús se identifica con su persona. Al leer después, más adelante, otras palabras de Jesús se advierte que ese “pan que no perece” es también el cuerpo eucarístico de Jesús. Por lo tanto, puede decirse que el “pan que no perece” es la persona de Jesús que se nos entrega en su Palabra y en la Eucaristía.

La imagen del pan aparece a menudo en la Biblia, como también la del agua. Pan y agua representan los alimentos primarios, indispensables para la vida del hombre. Al aplicar a sí mismo la imagen del pan, Jesús quiere decirnos que su persona y su enseñanza son indispensables para la vida espiritual del hombre, tal como lo es el pan para la vida del cuerpo.

El pan material es ciertamente necesario. Jesús mismo realiza el milagro de la multiplicación para la muchedumbre. Pero ese pan solo no alcanza. El hombre lleva en sí –acaso sin darse cuenta del todo– un hambre de verdad, de justicia, de bondad, de amor, de pureza, de luz, de paz, de alegría, de infinito y eterno, que nada en el mundo está en condiciones de satisfacer. Jesús se propone como el único capaz de saciar el hambre interior del hombre.

Pero al presentarse como el “pan de vida”, no se limita a afirmar la necesidad de nutrirse de él, de creer en sus palabras para tener la vida eterna; sino que quiere impulsarnos a hacer la experiencia de él. En efecto, con sus palabras: “trabajen por el alimento que no perece” pronuncia una apremiante invitación. Dice que es necesario esforzarse, llevar a cabo todo lo necesario para obtener este alimento. Jesús no se impone, quiere ser descubierto, experimentado.

Ciertamente el hombre no puede con sus propias fuerzas alcanzar a Jesús. Lo puede por un don de Dios. Sin embargo, Jesús invita continuamente al hombre a prepararse para recibir el don de sí que él quiere hacerle. Y es precisamente al esforzarse por poner en práctica su Palabra que el hombre alcanza la fe plena en él, llega a gustar su Palabra como gustaría un pan fresco y sabroso.

La Palabra de este mes no tiene por objeto un punto particular de la enseñanza de Jesús (por ejemplo, perdonar las ofensas o desapegarse de las riquezas...), sino que nos vuelve a conducir a la raíz misma de la vida cristiana, a nuestra relación personal con Jesús.

Yo pienso que quien ha comenzado a vivir con compromiso su Palabra y sobre todo el mandamiento del amor al prójimo –síntesis de todas las palabras de Dios y de todos los mandamientos– advierte, en parte, que Jesús es el “pan” de su vida, capaz de colmar los deseos de su corazón, la fuente de su alegría y de su luz. Al ponerla en práctica llega a gustar la Palabra, al menos un poco, como verdadera respuesta a los problemas del hombre y del mundo. Y dado que Jesús –pan de vida–  realiza la entrega suprema de sí en la Eucaristía, quien lo sigue va espontáneamente a recibirla con amor y ella ocupa un lugar importante en su vida.

Es preciso, entonces, que quienes hayamos hecho esta estupenda experiencia no nos guardemos el descubrimiento sino que, con la misma urgencia con la que Jesús nos impulsa a ganar el “pan de la vida”, lo comuniquemos a otros para que encuentren en Jesús lo que sus corazones desde siempre buscan. Es un enorme acto de amor que podemos hacer por nuestros prójimos, a fin de que también ellos lleguen a conocer la verdadera vida ya en esta tierra y ganen la vida que no muere. ¿Y qué más podemos querer?

jueves, 31 de mayo de 2012

El apostolado es fruto del amor a Cristo

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Somos los brazos de Dios en el mundo, pues Él ha querido tener necesidad de los hombres. El Señor nos envía para acercarse a este mundo enfermo que no sabe muchas veces encontrar al Médico que le podría sanar. Hablamos de Dios a las gentes con la esperanza cierta de que Cristo conoce a todos, y que sólo en Él encuentran la salvación y palabras de vida eterna. Por eso, no debemos dejar pasar -por pereza, comodidad, cansancio, respetos humanos- ni una sola ocasión: acontecimientos normales de todos los días, el comentario sobre una noticia aparecida en el periódico, un pequeño servicio que prestamos o que nos prestan..., y también los sucesos extraordinarios: una enfermedad, la muerte de un familiar... «Quienes viajan por motivo de obras internacionales, de negocios o de descanso, no olviden que son en todas partes heraldos itinerantes de Cristo y que deben portarse como tales con sinceridad» (6). ...

Pero, ¿cómo podríamos ser buenos instrumentos de Dios sin cuidar con esmero la vida de piedad, sin un trato verdaderamente personal con Cristo en la oración? ¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego?, ¿no caerán los dos en el precipicio? (11). El apostolado es fruto del amor a Cristo. Él es la Luz con la que iluminamos, la Verdad que debemos enseñar, la Vida que comunicamos. Y esto sólo será posible si somos hombres y mujeres unidos a Dios por la oración.


Hablar con Dios

miércoles, 30 de mayo de 2012

No tener miedo a buscar la unidad

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Rechacemos el falso respeto humano de que nuestra in­sistencia nos vuelve cargantes e insoportables. Imitando al Redentor, amemos ardientemente a los demás cada día; considerémoslos como parte de nuestro ser y tratémoslos con la fuerza de la caridad. Evitemos que haya dureza o amargura en nuestras sugerencias o indicaciones, y procuremos que ninguna barrera nos separe de ellos. Tienen que notar, como enseña el apóstol, que nos duelen como algo propio esos puntos que les señalamos (cfr. 2 Cor 11, 29). ¡Qué ejemplar resulta la insistencia amable de la triple corrección de Cristo a los suyos, para que le acompañen en la oración!

martes, 8 de mayo de 2012

No preocuparse

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Veo en mi hija adolescente actitudes que me preocupan. Tengo miedo de perderla ... 
por Chiara Lubich

Lo que yo les diría es que, aunque en la familia hubiera alguno que no comparte lo que ustedes han elegido, no tie¬nen que desanimarse ni preocuparse. Si no lo comparte, o es ateo, o va por mal camino, se droga, o a lo mejor está en la cárcel, o lo que sea, no hay que preocuparse demasiado. iHay que ocuparse, pero no preocuparse!

Los padres no tienen que estar siempre llorando por ese hijo que se equivoca, por esa hija que da que pensar ... Amenlos, con el amor natural que ya tienen y con el que Dios ha derra¬mado en sus corazones. Si estos hijos no se sienten agobia¬dos por el interés de ustedes, serán más libres para decidir y para decir un día:

"Quiero cambiar de vida, quiero volver a mi familia ... ". Pero si ustedes se preocupan se vuelven un gran obstáculo para su conversión.

Por lo tanto, "háganse uno" con ellos. ¿Quieren ir al cine? Vayan también ustedes (siempre que sea una buena película). ¿Quieren ver televisión? Mírenla también ustedes (siem¬pre que sea un programa aceptable). Pero lo que sin duda es necesario es que no sientan el peso de vuestra preocupación, porque ustedes tienen que volcar sus preocupaciones en Dios. El es el que tiene que estar preocupado, no nosotros. Porque él siempre se ocupa. Esa es la experiencia cotidiana.

 (de "Donde florece la vida", Ciudad Nueva, Buenos Aires 1999)

martes, 24 de abril de 2012

Hay 15 millones más de católicos en el mundo que en 2009

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Los católicos en el mundo son alrededor de 1.196 millones; en 2009 representaban al rededor de 1.181 millones. Se calcula, pues, un aumento absoluto de 15 millones de fieles, equivalente al 1,3%. Durante los últimos años, además, la presencia de los fieles católicos bautizados en el mundo sigue siendo estable, alrededor del 17,5%. En cuanto a la distribución territorial, los católicos han disminuido en América del Sur y, sobre todo, en Europa. Aumentaron, por el contrario, en África y en el Asia Sudoriental.

Como todos los años esta mañana a 11,00 el Cardenal Tarcisio Bertone, Secretario de Estado vaticano y Mons. Angelo Becciu, Sustituto de la Secretaría de Estado para los Asuntos Generales, le presentaron al Santo Padre el Anuario Pontificio de este 2012. La redacción del Anuario Pontificio de este año estuvo a cargo de Mons. Vittorio Formenti, encargado de la Oficina Central de Estadística de la Iglesia, junto al Prof. Enrico Nenna y demás colaboradores. Al mismo tiempo se presentó el “Anuario Estadístico de la Iglesia”, a cargo de esta misma oficina. El complejo trabajo de impresión de ambos volúmenes se realizó bajo la supervisión del Padre Sergio Pellini S.D.B., de los Comendadores Antonio Maggiotto y Giuseppe Canesso, respectivamente Director General, Director Comercial y Director Técnico de la Tipografía Vaticana. El Santo Padre agradeció su entrega, mostrando vivo interés por los datos ilustrados y pidió que se exprese su gratitud a todos los que han colaborado en esta nueva edición.

De su lectura se observan algunas novedades relativas a la vida de la Iglesia católica en el mundo a partir del año pasado. Los datos estadísticos de 2010 ofrecen un análisis sintético de las principales dinámicas referentes a la Iglesia católica en las 2.966 circunscripciones eclesiales de todo el mundo. Así por ejemplo, se evidencia que los católicos son casi 1.196 millones, frente a los casi 1.181 del año 2009, con un aumento absoluto de 15 millones de fieles, equivalente al 1,3 %. En el curso de los últimos dos años, la presencia de fieles católicos bautizados en el mundo permanece estable, en torno al 17,5 %. Las cuotas territoriales de los católicos del mundo han sufrido variaciones importantes entre los años 2009 y 2010. De hecho han disminuido su importancia en América Meridional, pasando del 28,54 al 28,34 % y, sobre todo en Europa, pasando del 24,05 al 23,83 %. Mientras han aumentado en África, pasando del 15,15 al 15,55 % y en el sur oriental de Asia, pasando del 10,41 al 10,87 %.

Fuente: Catholic.net

domingo, 8 de abril de 2012

Cristo resucitado es la luz que ilumina al mundo

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Cristo es la Verdad que hace libre a quien se deja guiar por sus enseñanzas. Es la Verdad que se impone por sí misma, nunca por la fuerza de la prepotencia. Ese es, en cambio, el poder de la mentira, del error y de la confusión. El poder del odio, del rencor y del deseo de venganza que amargan el corazón humano e instalan la violencia en el seno de los pueblos.
Por Josemaría Arancibia, arzobispo de Mendoza y  Sergio Buenanueva, obispo auxiliar de Mendoza (Argentina)


La liturgia de la noche de Pascua se inicia con el templo a oscuras. En el atrio arde el fuego nuevo del que se tomará la luz para encender el cirio pascual.

Por tres veces, y mientras avanza hacia el altar, el diácono eleva el cirio y mostrándolo a todos, canta: “La luz de Cristo”. El pueblo responde: “Demos gracias a Dios”. Cada uno de los presentes va encendiendo sus cirios y, así, lentamente, el espacio sagrado queda iluminado por una multitud de luces vacilantes. La oscuridad no ejerce más su dominio despótico y atemorizante.

El gesto ritual evoca, con su noble sencillez, la realidad de la fe como experiencia humana: el encuentro con Cristo es un acontecimiento que transforma toda la vida, la ilumina y la colma de sentido. Luz que brilla humildemente, pero que tiene el inmenso poder de vencer las tinieblas más espesas. Esto es lo que indica la palabra “pascua”: pasar con Cristo de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida.

Cristo es la luz del mundo. Esa es la confesión de fe de los cristianos. Él es el Salvador y el Redentor de todos los hombres. “Con su muerte destruyó nuestra muerte, con su resurrección restauró la vida”, reza la liturgia católica de Pascua.

Cristo es la Verdad que hace libre a quien se deja guiar por sus enseñanzas. Es la Verdad que se impone por sí misma, nunca por la fuerza de la prepotencia. Ese es, en cambio, el poder de la mentira, del error y de la confusión. El poder del odio, del rencor y del deseo de venganza que amargan el corazón humano e instalan la violencia en el seno de los pueblos.

Cristo, por el contrario, es la Verdad que conquista al hombre sin violentarlo. “Cristo convence”, como ha escrito un famoso teólogo moderno. Y convence por sí mismo, porque brilla con luz propia. Es la Verdad que nos hace libres. Hasta el fin de los tiempos la mano de Cristo estará tendida, esperando la respuesta de sus hermanos los hombres. Hasta el final, apelará a la conciencia y a la libertad: se muestra, se propone, no se impone.

¿Qué es la verdad?, pregunta el escéptico Pilato al Jesús humillado que han puesto en sus manos. En realidad, no es una pregunta sincera. No es el interrogante del que siente en su interior la insatisfacción de estar en búsqueda, siempre en camino, pero sabiendo que hay algo mayor que lo llama, lo atrae y lo espera. Es la pregunta del que ha sido derrotado por el pesimismo: ya no cree en nada ni en nadie. No hay lugar para ninguna verdad en un corazón así.

TEXTO COMPLETO

martes, 3 de abril de 2012

Ustedes ya están limpios por la palabra que yo les anuncié

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También se compara la Palabra de Jesús con una semilla sembrada en lo más íntimo del creyente. Si es acogida, penetra en el hombre y se desarrolla como una semilla, crece, da fruto y «cristífica», haciéndonos iguales a Cristo. - Por Chiara Lubic

La Palabra, interiorizada así por el Espíritu, tiene realmente la capacidad y la fuerza de mantener al cristiano alejado del mal: mientras deje obrar en él a la Palabra, se mantendrá libre del pecado, es decir, puro. Solamente pecará si deja de obedecer a la verdad.

« Ustedes ya están limpios por la palabra que yo les anuncié ».

¿Cómo vivir entonces para merecer también nosotros el elogio de Jesús?

Poniendo en práctica cada Palabra de Dios, nutriéndonos de ella en cada momento, haciendo de nuestra existencia una obra de continua reevangelización. Todo ello para llegar a tener los mismos pensamientos y sentimientos que Jesús, para hacer que reviva en el mundo, para mostrar a una sociedad tantas veces atrapada en el mal y en el pecado, la pureza divina, la transparencia que da el Evangelio.

Además, durante este mes, si es posible (es decir, si otros también comparten nuestras intenciones), procuremos poner en práctica de forma especial la Palabra que expresa el mandamiento del amor recíproco. Pues para el evangelista Juan, que refiere la frase de Jesús que hoy consideramos, existe un vínculo entre la Palabra de Cristo y el mandamiento nuevo.

Según él, es en el amor recíproco donde se vive la Palabra con sus efectos de purificación, de santidad, de ausencia de pecado, de frutos, de cercanía a Dios. El individuo aislado es incapaz de resistir mucho tiempo las incitaciones del mundo, mientras que en el amor recíproco encuentra el ambiente sano capaz de proteger su existencia cristiana auténtica.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Gozos devocionales tradicionales

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Estimado Padre Menéndez: 
Como visitante asiduo de tu blog , quiero decirte que hemos constituido una sección en nuestra Asociación Cultural que tiene como objetivo el catalogar , promover , estudiar y difundir los Gozos devocionales tradicionales porque están en riesgo de perderse definitivamente en muchos lugares. En ese sentido hemos creado un blog http://gogistesvalencians.blogspot.com/ para dar visibilidad a este apasionante trabajo que estamos haciendo. Esperamos que sea de vuestro interés esta iniciativa. Un saludo afectuoso.

jueves, 8 de marzo de 2012

“Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”

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Jn 6, 68

A la gente que iba a su encuentro, Jesús le hablaba del Reino de Dios1. Lo hacía con palabras simples, tomadas de la vida de cada día, pero su mo-do de hablar tenía una fascinación particular. La gente quedaba impactada por sus enseñanzas ya que hablaba como quien tiene autoridad, no como los escribas2. Incluso cuando los sumos sacerdotes y los fariseos les preguntaron a los guardias que debían arrestarlo por qué no habían ejecutado la orden, ellos respondieron: “Nadie habló jamás como este hombre”3.

El evangelio de Juan refiere también conversaciones luminosas con personas como Nicodemo o la samaritana. Jesús va más hondo aún con sus apóstoles: habla abiertamente del Padre y de las cosas del cielo, sin usar semejanzas4; ellos se sienten conquistados y no se echan atrás ni siquiera cuando no comprenden del todo sus palabras, o cuando les parecen dema-siado exigentes.

“¡Es duro este lenguaje!” 5 le dijeron algunos discípulos cuando escu-charon que les habría dado a comer su carne y a beber su sangre.

Al ver que los discípulos se alejaban de él y dejaban de acompañarlo, Jesús se dirigió a los doce: “¿También ustedes quieren irse?”6.

Pedro, unido a él para siempre, fascinado por las palabras que le había oído pronunciar desde que lo había encontrado, respondió en nombre de to-dos: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”.
Pedro había comprendido que las palabras de su maestro eran diferentes a las de otros. Las palabras que van de la tierra a la tierra tienen el des-tino de la tierra. Las palabras de Jesús son espíritu y vida porque vienen del cielo: una luz que desciende de lo alto con toda su potencia. Sus palabras tienen una consistencia y una profundidad que otras no tienen, aunque per-tenezcan a filósofos, políticos o poetas. Son “palabras de vida eterna”7 por-que contienen, expresan y comunican la plenitud de una vida que no tiene fin porque es la de Dios.

Jesús resucitó y sus palabras, aunque hayan sido pronunciadas en el pasado, no son un recuerdo. Las suyas son palabras dirigidas a todos y a cada uno en cualquier tiempo y cultura: palabras universales y eternas.
Las palabras deben haber sido el arte más exquisito de Jesús. El Verbo que habla con palabras humanas. ¡Qué contenidos, qué intensidad y qué acento en su voz!.

“Un día – refiere Basilio el grande8– como despertando de un largo sueño vi la luz maravillosa de la verdad del evangelio y descubrí la vanidad de la sabiduría de este mundo”.

Teresa de Lisieux escribe, en una carta fechada el 9 de mayo de 1897: “A veces, cuando leo ciertos escritos espirituales . . . mi pobre y pequeño espíritu no tarda en cansarse. Cierro el libro de los sapientes que rompe mi cabeza y seca mi corazón y tomo en mis manos la Sagrada Escritura. Entonces, todo se vuelve luminoso, una sola palabra le abre a mi alma horizontes infinitos y la perfección me parece fácil”9.
Las palabras divinas  sacian al espíritu hecho para lo infinito; iluminan no sólo la mente, sino todo el ser, porque son luz, amor y vida. Dan paz – esa paz que Jesús dice suya – aún en los momentos de turbación y angustia. Dan alegría plena aún en medio del dolor que a veces oprime el alma. Dan fuerza cuando sobreviene el desconcierto por el desaliento. Abren el camino de la verdad.

La palabra de este mes nos recuerda que el único maestro que debemos seguir es Jesús, aún cuando sus palabras puedan parecer duras o de-masiado exigentes: ser honestos en el trabajo, perdonar, ponerse al servicio del otro en lugar de pensar de manera egoísta, ser fieles en la vida familiar, asistir a un enfermo terminal sin ceder a la idea de la eutanasia.

Abundan maestros que proponen soluciones fáciles  y componendas. Nosotros queremos escuchar al único maestro que dice la verdad y tiene “palabras de vida eterna”.

En este período de Cuaresma, cuando nos preparamos para la gran fiesta de la Resurrección, tenemos que ponernos realmente en la escuela de único Maestro y ser sus discípulos. También en nosotros debe nacer un amor apasionado por la palabra de Dios. Debemos recibirla con atención cuando es proclamada en las iglesias, cuando la leemos, la estudiamos o la meditamos.

Estamos llamados a vivirla como la misma Escritura enseña: “Pongan en práctica la palabra y no se contenten sólo con oírla de manera que no se engañen a ustedes mismos”10. Al vivir una palabra de Jesús estamos viviendo todo el evangelio, porque en cada una se da por entero y viene a vivir en nosotros. Es como una gota de la sabiduría divina del Resucitado que lentamente penetra en nosotros y cambia nuestro modo de pensar, de querer y de actuar en cada circunstancia de la vida.

Chiara Lubich
Palabra de vida publicada por primera vez en marzo de 2003.
1) Lucas, 9, 11; 2) Mateo, 7, 29; 3) Juan, 7, 24; 4) Juan, 16, 25 y 3, 12; 5) Juan, 6, 60; 6) Juan, 6, 67; 7) Juan, 6, 68; 8) Basilio (330 – 379) obispo de Cesarea y uno de los Padres de la Iglesia; 9) Carta 202, 10) Santiago 1, 22.


Blogumulus by Roy Tanck and Amanda Fazani

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