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miércoles, 8 de agosto de 2012

La autoestima del cristiano

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Estar por encima del sentimiento no significa excluirlo. Cuando se conoce la dignidad inalienable de cada persona, se encuentran siempre motivos suficientes para amarla, con una mezcla de ‘amor por atracción’ y de ‘amor libremente deliberado’. Cuando la voluntad se adhiere al bien amado, es lógico que toda la persona participe de ese amor: tanto la voluntad como el corazón. No olvidemos que la persona humana forma una unidad indisoluble y que es preciso evitar todo reduccionismo. El afecto no es imprescindible, pero es el medio natural para facilitar la entrega amorosa de sí mismo. De ahí la importancia de aprender a amar de todo corazón, con las correcciones al respecto que hemos hecho. Es normal tener periodos sin ganas, pero si la apatía fuese permanente, entonces sólo hay dos posibilidades: o bien se está enfermo, o bien falta todo tipo de amor verdadero, entre otras cosas por falta de enamoramiento.

viernes, 3 de agosto de 2012

Reconocerá a los que lo reconocieron

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“Al que me reconozca abiertamente ante los hombres, yo lo reconoceré ante mi Padre que está en el cielo. Pero yo renegaré ante mi Padre que está en el cielo de aquel que reniegue de mí ante los hombres” (Mt, 10,32-33)* Es ésta una Palabra de gran consuelo y estímulo para todos los cristianos. Con ella Jesús nos exhorta a vivir con coherencia nuestra fe en él, porque de la actitud que habremos asumido respecto de él durante la existencia terrena depende nuestro destino eterno. Dice que si lo habremos reconocido frente a los hombres, le daremos motivo para que nos reconozca delante de su Padre. Si, por el contrario, habremos renegado de él frente a los hombres, también él renegará de nosotros delante del Padre. Jesús apela al premio o al castigo que nos esperan después de esta vida porque nos ama.

Como dice un Padre de la Iglesia, sabe que a veces el temor de una punición es más eficaz que una hermosa promesa. Por ello alimente en nosotros la esperanza de la felicidad sin fin y, al mismo tiempo, para salvarnos suscita en nosotros el temor de la condenación. Lo que le interesa es que lleguemos a vivir para siempre con Dios. Además, es lo único que cuenta; es el fin por el que hemos sido llamados a la existencia. En efecto, solamente con él alcanzaremos la plena realización de nosotros mismos, la satisfacción de todas nuestras aspiraciones. Por ello, Jesús nos exhorta a “reconocerlo” desde esta vida. Por el contrario, si ahora no queremos tener nada que ver con él, si renegamos de él, al pasar a la otra vida nos encontraremos separados de él para siempre.

 Al término de nuestro camino terreno, Jesús no hará más que confirmar frente al Padre la opción realizada por cada uno en esta tierra, con todas sus consecuencias. Al referirse al juicio final, nos muestra toda la importancia y la seriedad de la decisión que nosotros tomemos aquí; en efecto, está en juego nues-tra eternidad. ¿Cómo aprovechar esta advertencia de Jesús? ¿Cómo vivir esta Palabra suya? Él mismo lo dice: “Al que me reconozca…”. Decidamos, entonces, reconocerlo delante de los hombres con simplicidad y franqueza. Venzamos el respeto humano. Salgamos de la mediocridad y de las componendas que le restan autenticidad a nuestra vida de cristianos. Recordemos que estamos llamados a ser testigos de Cristo. Él quiere llegar a todos los hombres con su mensaje de paz, de justicia, de amor… precisamente a través de nosotros.

Demos testimonio de él allí donde nos encontremos por razones de familia, de trabajo, de amistad, de estudio o en las diferentes circunstancias de la vida. Demos ese testimonio sobre todo con nuestro comportamiento: con la honestidad de vida, con la pureza de las costumbres, con el desapego del dinero, participando en las alegrías y en los sufrimientos de los demás. Démoslo de manera especial con el amor recíproco, con la unidad, para que la paz y la alegría pura que Jesús prometió a los que le están unidos inunden nuestro ánimo ya desde ahora y se derramen a los otros. Y a todo el que nos pregunte por qué nos comportamos así, por qué estamos tan serenos en un mundo convulsionado, respondamos con humildad y sinceridad con las palabras que nos sugiera el Espíritu Santo, dando así testimonio de Cristo también con el hablar y en el plano de las ideas. Quizá entonces muchos que lo buscan podrán encontrarlo. A veces, podremos ser malinterpretados, contradichos, podremos ser objeto de burla, incluso de aversión y de persecución. Jesús nos advirtió también de ello: “Si me persiguieron a mí, también los perseguirán a ustedes”(1). Estamos en el camino correcto. Por lo tanto, sigamos dando testimonio de él con coraje también en medio de las pruebas, incluso al precio de la vida.

La meta que nos espera lo vale: es el cielo, donde Jesús al que amomos nos reconocerá frente a su Padre durante toda la eternidad.

 Chiara Lubich
 Publicación mensual del Movimiento de los Focolares

 * Este texto fue publicado por primera vez en Ciudad Nueva, en 1984

miércoles, 25 de julio de 2012

Voluntad de Dios

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Nos enseña repetidamente el Señor que por encima de cualquier vínculo y autoridad humana, incluso la familiar, está el deber de cumplir la voluntad de Dios, la propia vocación. Nos dice que seguirle de cerca, en la propia vocación, la que Él ha dado a cada hombre y a cada mujer, nos lleva a compartir su vida hasta tal punto de intimidad que constituye un vínculo más fuerte que el familiar (5).

Santo Tomás lo explica diciendo que «todo fiel que hace la voluntad del Padre, esto es, que le obedece, es hermano de Cristo, porque es semejante a Aquel que cumplió la voluntad del Padre. Pero, quien no sólo obedece, sino que convierte a otros, engendra a Cristo en ellos, y de esta manera llega a ser como la Madre de Cristo» (6). Es muy fuerte el vínculo que nace de llevar la misma sangre, pero lo es aún más el que se origina del seguir a Cristo en el mismo camino. No hay ninguna relación humana, por estrecha que sea, que se asemeje a nuestra unión con Jesús y con quienes siguen a Jesús.

Fragmentos de Hablar con Dios

domingo, 22 de julio de 2012

Autoestima del cristiano

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El problema más fundamental en el hombre consiste en ser un ser limitado que no suele estar dispuesto a asumir su limitación. Ante la propia indigencia caben tres actitudes posibles: no aceptarla y hacerse creer que no existe o que se podrá resolver con el solo esfuerzo humano (optimismo ingenuo o soberbia clásica), exagerar la propia flaqueza y caer en una especie de complejo de inferioridad (pesimismo radical o falsa modestia) y, por último, la humildad o verdadera actitud realista que lleva a reconocer la propia limitación y a buscar los medios adecuados para solucionarla.

El  origen de la soberbia es remoto. Viene de muy lejos, tanto en la historia de la humanidad (pecado original?), como en la vida de cada uno de nosotros, ya que es un problema que se cultiva desde nuestra tierna infancia.

Si el amor verdadero hacia los demás depende de la medida en que nos amemos a nosotros mismos y  este amor de sí mismo a su vez no resulta ser posible sin la conciencia de ser amados tal como somos, podemos deducir que sólo seremos capaces de amar de verdad en la medida en que experimentemos un amor incondicional. Visto que los hombres no somos capaces de amar de modo totalmente incondicional —amando por ejemplo todos los defectos de alguien—, podremos concluir que el desarrollo de nuestras capacidades afectivas depende del descubrimiento del amor de Dios.

domingo, 8 de julio de 2012

Qué es la mortificación y para qué sirve

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El espíritu de mortificación, tal como lo quiere el Señor, no es algo negativo ni inhumano (5); no es una actitud de rechazo ante lo bueno y lo noble que puede haber en el uso y goce de los bienes de la tierra; es manifestación de señorío sobrenatural sobre el cuerpo y sobre las cosas creadas, sobre los bienes, las relaciones humanas, el trabajo...; la mortificación, voluntaria o aquella otra que viene sin haberla buscado, no es la simple privación, sino manifestación de amor, pues «padecer necesidad es algo que puede ocurrirle a cualquiera, pero saber padecerla es propio de las almas grandes» (6), de las almas que han amado mucho.
La mortificación no es simple moderación, mantener a raya los sentidos y el desequilibrio que producen el desorden y el exceso, sino abnegación verdadera, dar cabida a la vida sobrenatural en nuestra alma, adelanto de aquella gloria venidera que se ha de manifestar en nosotros (7)...

Esta mortificación nos impulsará a superar un estado de ánimo poco optimista que necesariamente influye en los demás, a sonreír también cuando tenemos dificultades, a evitar todo aquello -aun pequeño- que puede molestar a quienes tenemos más cerca, a disculpar, a perdonar... Así morimos, además, al amor propio, tan íntimamente arraigado en nuestro ser, aprendemos a ser humildes. Esta disposición habitual que nos lleva a ser causa de alegría para los demás, sólo puede ser fruto de un hondo espíritu de mortificación, pues «despreciar la comida y la bebida y la cama blanda, a muchos puede no costarles gran trabajo... Pero soportar una injuria, sufrir un daño o una palabra molesta... no es negocio de muchos, sino de pocos» (8).

jueves, 14 de junio de 2012

Conocer el camino para ser un buen pastor

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Los hombres podemos ser causa de alegría o de tristeza, luz u oscuridad, fuente de paz o de inquietud, fermento que esponja o peso muerto que retrasa el camino de otros. Nuestro paso por la tierra no es indiferente: ayudamos a otros a encontrar a Cristo o los separamos de Él; enriquecemos o empobrecemos. Y nos encontramos a tantos amigos, compañeros de profesión, familiares, vecinos..., que parecen ir como ciegos detrás de los bienes materiales, que los alejan del verdadero Bien, Jesucristo. Van como perdidos. Y para que el guía de ciegos no sea también ciego no basta saber de oídas, por referencias; para ayudar a quienes tratamos no basta un vago y superficial conocimiento del camino. Es necesario andarlo, conocer los obstáculos... Es preciso tener vida interior, trato personal diario con Jesús, ir conociendo cada vez con más profundidad su doctrina, luchar con empeño por superar los propios defectos. El apostolado nace de un gran amor a Cristo.

Fuente: Hablar con Dios

lunes, 11 de junio de 2012

Recompensa a última hora

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El emperador Carlos V se encontraba a la cabecera de la cama de uno de sus más fieles servidores, ya moribundo. "Pedidme en recompensa de vuestros méritos, y si es posible para disminuir vuestros padecimientos, el favor que queráis".


Respondió el enfermo:

-Señor, todo lo que os pediría sería que prolongaseis mi vida por algunos días.

Replicó el emperador:

-¡Qué desgracia! Yo no lo puedo; los poderosos de la tierra no disponen de un solo minuto de la vida del hombre.

Y el enfermo:
-¡Qué insensato he sido! He consagrado mi vida entera al servicio del emperador, y su poder no alcanza a concederme un solo día de existencia. Si, en cambio, hubiera servido mejor a mi Dios, podría esperar una recompensa eterna, una felicidad sin fin.

Podía esperar de la misericordia divina, pero tenía razón al lamentarse de no haber servido mejor a Dios.

Fuente:  C. Ortúzar, El catecismo explicado con ejemplos

martes, 5 de junio de 2012

Qué significa ser hijos de Dios

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El anticipo de la herencia prometida lo recibimos ya en esta vida: es el gaudium cum pace, la alegría profunda de sabernos hijos de Dios, que no se apoya en los propios méritos, ni en la salud o en el éxito, ni consiste tampoco en la ausencia de dificultades, sino que nace de la unión con Dios; se fundamenta en la consideración de que Él nos quiere, nos acoge y perdona siempre... y nos tiene preparado un Cielo junto a Él, por toda la eternidad. Perdemos esta alegría cuando dejamos a un lado el sentido de nuestra filiación divina, y no vemos la Voluntad de Dios, sabia y amorosa siempre, en las dificultades y contradicciones que cada jornada nos trae.

No quiere nuestro Padre que perdamos esa alegría de hondos cimientos: Él quiere vernos siempre contentos, como los padres de la tierra desean ver siempre a sus hijos.

Además, con esa actitud serena y gozosa ante la vida -el gaudium cum pace (17)-, en la que no faltarán contradicciones, el cristiano hace mucho bien a su alrededor. La alegría verdadera es un formidable medio de apostolado. «El cristiano es un sembrador de alegría; y por esto realiza grandes cosas. La alegría es uno de los más irresistibles poderes que hay en el mundo: calma, desarma, conquista, arrastra. El alma alegre es un apóstol: atrae a los hombres hacia Dios, manifestándoles lo que en ella produce la presencia de Dios. Por esto el Espíritu Santo nos da este consejo: nunca os aflijáis, porque la alegría en Dios es vuestra fuerza (Neh 8, 10)» (18).

Fuente: Hablar con Dios

sábado, 2 de junio de 2012

Un pan que no perece

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“Trabajen no por el alimento perecedero,
sino por el que permanece hasta la Vida eterna,
el que les dará el Hijo del hombre”
 (Jn, 6,27)*

Después de haber dado de comer a la muchedumbre con la multiplicación de los panes frente al lago de Tiberíades, Jesús se había retirado de incógnito a la otra orilla, en la región de Cafarnaún, para escapar de la gente que quería proclamarlo rey. Sin embargo, muchos igualmente se pusieron a buscarlo y lo alcanzaron. Pero él no aceptó ese entusiasmo demasiado interesado. Ellos habían comido el pan milagroso, pero se quedaron en las meras ventajas materiales sin percibir el significado profundo de ese pan que manifiesta en Jesús al enviado del Padre, el que da la verdadera vida al mundo. Vieron en él solamente a un taumaturgo, un Mesías terrenal, capaz de darles alimento material en abundancia y a buen precio. En ese contexto, Jesús les dice: “Trabajen no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre”.

El “alimento no perecedero” es la persona misma de Jesús y también su enseñanza, porque la enseñanaza de Jesús se identifica con su persona. Al leer después, más adelante, otras palabras de Jesús se advierte que ese “pan que no perece” es también el cuerpo eucarístico de Jesús. Por lo tanto, puede decirse que el “pan que no perece” es la persona de Jesús que se nos entrega en su Palabra y en la Eucaristía.

La imagen del pan aparece a menudo en la Biblia, como también la del agua. Pan y agua representan los alimentos primarios, indispensables para la vida del hombre. Al aplicar a sí mismo la imagen del pan, Jesús quiere decirnos que su persona y su enseñanza son indispensables para la vida espiritual del hombre, tal como lo es el pan para la vida del cuerpo.

El pan material es ciertamente necesario. Jesús mismo realiza el milagro de la multiplicación para la muchedumbre. Pero ese pan solo no alcanza. El hombre lleva en sí –acaso sin darse cuenta del todo– un hambre de verdad, de justicia, de bondad, de amor, de pureza, de luz, de paz, de alegría, de infinito y eterno, que nada en el mundo está en condiciones de satisfacer. Jesús se propone como el único capaz de saciar el hambre interior del hombre.

Pero al presentarse como el “pan de vida”, no se limita a afirmar la necesidad de nutrirse de él, de creer en sus palabras para tener la vida eterna; sino que quiere impulsarnos a hacer la experiencia de él. En efecto, con sus palabras: “trabajen por el alimento que no perece” pronuncia una apremiante invitación. Dice que es necesario esforzarse, llevar a cabo todo lo necesario para obtener este alimento. Jesús no se impone, quiere ser descubierto, experimentado.

Ciertamente el hombre no puede con sus propias fuerzas alcanzar a Jesús. Lo puede por un don de Dios. Sin embargo, Jesús invita continuamente al hombre a prepararse para recibir el don de sí que él quiere hacerle. Y es precisamente al esforzarse por poner en práctica su Palabra que el hombre alcanza la fe plena en él, llega a gustar su Palabra como gustaría un pan fresco y sabroso.

La Palabra de este mes no tiene por objeto un punto particular de la enseñanza de Jesús (por ejemplo, perdonar las ofensas o desapegarse de las riquezas...), sino que nos vuelve a conducir a la raíz misma de la vida cristiana, a nuestra relación personal con Jesús.

Yo pienso que quien ha comenzado a vivir con compromiso su Palabra y sobre todo el mandamiento del amor al prójimo –síntesis de todas las palabras de Dios y de todos los mandamientos– advierte, en parte, que Jesús es el “pan” de su vida, capaz de colmar los deseos de su corazón, la fuente de su alegría y de su luz. Al ponerla en práctica llega a gustar la Palabra, al menos un poco, como verdadera respuesta a los problemas del hombre y del mundo. Y dado que Jesús –pan de vida–  realiza la entrega suprema de sí en la Eucaristía, quien lo sigue va espontáneamente a recibirla con amor y ella ocupa un lugar importante en su vida.

Es preciso, entonces, que quienes hayamos hecho esta estupenda experiencia no nos guardemos el descubrimiento sino que, con la misma urgencia con la que Jesús nos impulsa a ganar el “pan de la vida”, lo comuniquemos a otros para que encuentren en Jesús lo que sus corazones desde siempre buscan. Es un enorme acto de amor que podemos hacer por nuestros prójimos, a fin de que también ellos lleguen a conocer la verdadera vida ya en esta tierra y ganen la vida que no muere. ¿Y qué más podemos querer?

Blogumulus by Roy Tanck and Amanda Fazani

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