lunes, 25 de febrero de 2013
Ejercer el rol de paternidad con Jesús
Y es aquí donde hay que admirar la grandeza de la misión recibida por José: dar morada a quien creó el Universo, alimentar a quien es la Providencia mantenedora de todos los seres, vestir a quien da a los lirios del campo un ropaje más maravilloso que el de Salomón, ejercer respecto de Aquel a quien todos los hombres llaman "Padre" la carga y los deberes de la paternidad.
Extraído de "Los silencios de San José"
martes, 22 de enero de 2013
Volar a la altura precisa
Dédalo -personaje de la mitología griega- es un auténtico genio; un artista. Prisionero en Creta del rey Minos, decide escapar de la isla con su hijo Icaro. Hará unas alas para volar por el aire. A base de cera y plumas consigue las alas para él y para el hijo. Un consejo claro: volar a media altura, para que el agua no dañe a las plumas ni el sol, con su calor, derrita la cera.
Según el relato clásico, Icaro se deja deslumbrar por el firmamento y el ansia de libertad, y comienza a subir, a subir, haciendo caso omiso del consejo paterno. Al final, el sol ablanda la cera y cae al mar, donde perece ahogado.
El hombre es un ser frágil; cualquier sol fuerte puede hacerle venirse abajo y hundirse por completo. Hay que saber ir siempre a la altura precisa, exacta; la que señala la Voluntad de Dios buscada en todo momento./ Felipe Pérez Dellepiane
miércoles, 2 de enero de 2013
Cómo ser pacificadores
El mensaje de Pablo VI para la jornada de la paz, dirigido a «todos los hombres que viven en el año1972», concluye con unas palabras dirigidas «a los hermanos e hijos de nuestra Iglesia católica». El Papa nos invita a «llevar a los hombres de hoy un mensaje de esperanza a través de una fraternidad vivida y un esfuerzo honesto y perseverante por una justicia más grande y real».1
Quisiera detenerme en esta exhortación que el Papa hace a sus hijos para que ofrezcan al mundo una fraternidad vivida, y ver cómo podemos nosotros ponerla en práctica y dar a la humanidad un mensaje de esperanza.
Antes que nada podríamos preguntarnos: ¿se da entre los católicos alguna premisa para crear una fraternidad más consciente? Y también: ¿es el mundo de hoy sensible a esa fraternidad?
Si miramos a la Iglesia y a la humanidad, veremos que tanto la una como la otra están sometidas a dos tensiones contradictorias.
La Iglesia camina también hoy –como en todos los tiempos, ya que su destino es el de su Fundador– a lo largo de un vía crucis. Un pulular frenético de nuevas ideas parece amenazar la raíz misma de la fe y de la moral, sembrando la duda en todo y en todos. Una «contestación» general aleja a algunos de sus mejores hijos, empobreciéndola con la pérdida incluso de quienes habían sido elegidos por ella y enviados en su nombre a anunciar el Evangelio. A veces, hasta la Jerarquía eclesiástica es puesta en tela de juicio por quienes, viendo las cosas de un modo exclusivamente humano, le quitan valor al magisterio de la Iglesia.
La humanidad, terreno en el cual la Iglesia vive y de cuyas sacudidas se resiente fuertemente, está perturbada por la división, por el desencadenarse de los instintos contra toda forma de orden y contra toda estructura que nos una entre todos. Además, hay desequilibrios sociales, focos de guerra que se encienden continuamente y que tienen al hombre en vilo por el terror de un conflicto mundial, y otros males morales de hoy que conocemos. En fin, una desorientación en todos los campos.
Sin embargo, paralelamente a este cuadro trágico pero real, observamos un anhelo vago, aunque sincero, de fraternidad y de unidad que supera las barreras existentes y se orienta hacia una visión unitaria del mundo. Unidad que no es un anhelo solamente, sino que, en el campo político, por ejemplo, se realiza ya en formas diversas, inspiradas todas ellas de manera legítima o no en el testamento de Jesús; a la vez que va aumentando el número de naciones que esperan resolver pacíficamente las más graves tensiones. En el campo social vibra en el ambiente un sentimiento de solidaridad, sentido por los adultos y aún más por los jóvenes. Y, además, entre tanta crónica negra, sorprenden ciertos fenómenos recientes de masas de jóvenes que se revelan contra la esclavitud del sexo y de la droga en nombre de Cristo.
En la Iglesia observamos el Pentecostés del Concilio, que sigue alzando su palabra autorizada por encima del murmullo del mundo y le da esperanza; palabra que invoca al cielo para que resplandezca haciendo así «vivir» esta tierra, y a la fe para que se confirme más bella, más auténtica y liberada de lo accesorio; que exhorta al orden moral a restablecerse para salvar al hombre de su propia ruina; que invita a las estructuras sociales a cristianizarse; a los sacerdotes, a ser luz del mundo, y a los obispos a trabajar con el papa para que cada vez brille más la unidad en la diversidad. Y oímos la voz clara, fuerte y segura del Papa que, para instruir y «confirmar a sus hermanos»2 anuncia constantemente la verdad y vuelve a proponer todo lo que ha enseñado el Concilio desmenuzando su doctrina para el pueblo de Dios.
Se advierte también en la Iglesia una nota característica, bella y actual: varios carismas del Espíritu Santo se hacen eco de los deseos expresados por Él mismo en el Vaticano II, cuando llamaba a los cristianos a ser Iglesia en el sentido más profundo y etimológico de la palabra, es decir, comunión, fraternidad viva. De aquí surge todo un despertar de movimientos de origen diverso, animados por un notable sentido de fraternidad en medio de un mundo que también la invoca, pero a menudo en nombre de quien no sabe darla verdaderamente. Grupos que a veces no pueden ni saben ellos mismos medir la potencia que poseen por el hecho de ser cristianos.
Para crear la fraternidad hace falta el amor. Y esto, más o menos, hoy lo saben todos en el mundo. Los mismos musulmanes, que no creen en un Dios Uno y Trino, sino sólo en Dios Uno, son sensibles en muchas partes a una fraternidad apoyada en el amor.
Pero el amor que el cristiano presenta –y aquí está el misterio abismal y la potencia escondida que bien aprovechada puede obrar milagros–, es distinto de cualquier otro amor que exista en el mundo, por noble y hermoso que sea. Es un amor de origen divino, el mismo amor de Dios participado al hombre que, introduciéndose en él, lo hace hijo de Dios.
Y esto es premisa y causa de una realidad incomparable: la fraternidad humana en un plano más alto, la fraternidad sobrenatural.
En esta fraternidad se realiza entonces un hecho que recuerda la Navidad: Cristo surge en medio de los hombres como el Emmanuel, el Dios-con-nosotros. En esta fraternidad los cristianos están unidos en el nombre de Cristo, que ha dicho: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos»3 . Se trata de esa fraternidad que –incluso donde la Iglesia se encuentra obstaculizada en su ministerio– puede hacer presente a Cristo entre los hombres. Presente espiritualmente, se entiende, pero presente. Esa fraternidad es la que puede llevar a Cristo en medio del pueblo, a las casas, a las escuelas, a los hospitales, a las fábricas, a las oficinas, a cada comunidad o reunión.
El Concilio y el Papa lo subrayan muchas veces: la comunidad, como una familia unida en nombre del Señor, goza de su presencia. Se trata de esa fraternidad que nos hace Iglesia, como Odo Casel afirma: «No es que la única Iglesia se fragmente en una pluralidad de comunidades individuales, ni que la multiplicidad de las comunidades individuales formen juntas la única Iglesia. La Iglesia es solamente una; dondequiera que esté, está toda entera e indivisa, incluso allí donde solamente dos o tres están reunidos en el nombre de Cristo»4 .
Quizá los cristianos no siempre nos demos cuenta de esta extraordinaria posibilidad. Pero si lo reconocemos en esta Navidad, Dios podría darnos la gracia de acoger mejor y de aprovechar más un don semejante. Esta fraternidad, con cualquiera y en cualquier parte, nos da la posibilidad de no estar solos, pensando o preocupándonos de cómo resolver los problemas humanos. Si lo queremos (y basta estar unidos en su nombre, es decir, con Él y como Él quiere) Cristo está entre nosotros, está con nosotros, ¡Él, el Omnipotente! Y esto infunde esperanza. Sí, una gran esperanza.
Este es el momento de que, en nuestras familias cristianas y en nuestros grupos, en nuestros movimientos surgidos con el objetivo que sea, pero con signo cristiano, y en las obras a las que dedicamos nuestras fuerzas, avivemos esa unidad, esa fraternidad que hace presente a Cristo entre nosotros y nos hace Iglesia, declarándonos abiertamente este propósito nuestro sin temor y sin falso pudor.
Si la Navidad nos recuerda hasta qué punto Dios nos ha amado, esto es, hasta hacerse uno de nosotros, resulta fácil comprender que la lógica de su amor le haga estar siempre interesado en nuestras cosas y deseoso de seguir viviendo en cierto modo entre nosotros, compartiendo nuestras alegrías y nuestros dolores, las responsabilidades y las fatigas, y, sobre todo, ayudándonos como Hermano nuestro. Él no se conformó con hacerse presente cada vez que nos reunimos solemnemente para la celebración de la Eucaristía; o estar presente de otras formas, como en la Jerarquía, o en su Palabra..., sino que quiere estar siempre con nosotros. Y le bastan dos o tres cristianos... ¡ni siquiera hace falta que sean ya santos! Bastan dos o más hombres de buena voluntad que crean en Él y sobre todo en su amor.
Si hacemos esto, surgirá en la Iglesia un pulular de células vivas que, con el tiempo, podrán animar la sociedad que las rodea, hasta penetrar en la masa. Entonces ésta, impregnada del Espíritu de Cristo, podrá cumplir mejor el designio de Dios sobre el mundo y dar un impulso decidido a la revolución social pacífica pero incontenible, con consecuencias que jamás nos hubiéramos atrevido a esperar.
Si Cristo histórico sanó y sació almas y cuerpos, Cristo místicamente presente entre los cristianos sabe hacer otro tanto. Si Cristo histórico, antes de morir, pidió al Padre la unidad entre sus discípulos, Cristo místicamente presente entre los cristianos la sabe realizar.
Si tenemos hombres unidos en el nombre de Cristo, mañana podremos ver pueblos unidos.
Para responder a lo que Dios nos pide a través del Papa, mucho ha hecho ya el Espíritu Santo, así nos parece. Lo que hay que hacer es dar un nuevo impulso a nuestra vida cristiana, siempre demasiado individualista, muchas veces mediocre, pero sobre todo poco auténtica. / ver fuente
Chiara Lubich
miércoles, 24 de octubre de 2012
Extraño caso de disolución de vínculo
Procede este relato de los Cuentos de Antonio Trueba, autor de principios de siglo, y sitúa la historieta en Guezúrraga (Vizcaya).
Se presentó una vecina al párroco, portadora de una estaca con la cual aseguraba que su marido le había zurrado.
-Vengo -dijo- a que usted nos descase.
-¿Oué dices? ¿Descasarte? Y tu marido está conforme?
-Sí, señor; él mismo se lo dirá, que está ahí abajo.
Subió el marido, y el cura preguntó si era firme su voluntad de divorciarse, contestando el otro afirmativamente.
-¿De modo que los dos habéis pensado bien vuestra resolución?
-Sí, señor.
-Está bien; arrodillaos, que os voy a descasar.
Tomó la estaca de manos de ella y comenzó a descargar recios golpes sobre las espaldas del matrimonio.
- ¡Basta, basta! -gemían ellos.
-Pero vamos a ver -dijo el cura, cesando de golpear-, ¿no querías que os descasara?
-Sí; pero no de esta forma.
-Es que no hay otra para los cristianos. ¿No sabéis que el matrimonio no puede deshacerse sino por la muerte de los contrayentes? Pues si tratáis de que disuelva el vuestro, ha de ser así: moliéndoos a garrotazo limpio, hasta que uno de los dos muera.
Parece que la lección de «Derecho Canónico» surtió su efecto y se reconcilió el matrimonio del pronto que habían tenido aquel día.
martes, 16 de octubre de 2012
Vengan, niños benditos, al Reino que les está preparado
Cuando el pequeño se está gestando en el seno de. su madre no es consciente de todo lo que vive . Pero vive. Y quizá en su futura vida recordará mucho más de lo que nos imaginamos. Son nueve eses en los que hora a hora y día a día siente como adquiere una plenitud. Sus órganos se diferencian, su sensibilidad se afina, los grandes sistemas de su organismo comienzan a cumplir sus propias funciones. Aunque no lo sepa y no se lo pueda expresar a sí mismo, y menos aún a los demás, sin embargo se da cuenta de que algo se acerca. La plenitud siempre estalla en una nueva manera de existir. No hay plenitud que cristalice permaneciendo estática. Eso nunca sucede con la vida. Y todo ser vivo guarda en su memoria ancestral la experiencia de los pasos a esas nuevas etapas, mucho mas plenas.
Pero el dolor y la angustia también están presentes. Allí donde la vida comienza un nuevo ciclo, se hace necesario que el anterior muera, termine, se rompa para dar salida a lo que recién comienza. Y esto no se hace de una manera tranquila y lúcida. Se abandona lo conocido, se ingresa a lo misterioso. Se abandona la experiencia y se arriesga la esperanza.
Terminados sus nueve meses de gestación, la criatura presiente que algo va a suceder.
Las contracciones se lo anuncian. Todo entra en la extraña situación de ruptura y pasaje. Finalmente sobreviene el parto para la madre que da a luz. Pero para el hijito la experiencia es muy diferente. Siente que se lo expulsa, obligándolo a abandonar lo familiar, lo conocido, lo seguro. Del resto no sabe nada. Si pudiera expresarlo en palabras, quizá se diría angustiado a sí mismo: ¡ Esto es el fin. !
Sus padres, y todos aquellos que aguardan su venida saben muy bien que esto no es el fin absoluto. Es simplemente la conclusión de una etapa, y el comienzo de la materno no se tenía frío, ni hambre, ni había clases sociales. Pero en este pasaje no se cae al vacío. Hay a su llegada un par de brazos paternos y senos maternos que lo aguardan para recibirlo.
Esta segunda etapa será inmensamente mejor. Ni el ojo vio, ni el oído oyó en el seno materno, lo que le estaba preparado para cuando sus padres pudieran expresarle plenamente su amor en un cara a cara. Allá fueron nueve meses. Ahora podrían ser noventa años. Antes fue solo el tiempo de crecer recibiendo. Comienza ahora el tiempo del compartir creciendo juntos al dar y al recibir. Etapa del ver, del sentir, del amar, del comunicarse y dar la vida para que otros vivan.
A los que estamos en esta segunda parte, cada día la vida nos anuncia que avanzamos hacia la angustia de un nuevo pasaje. Para los que gemimos en el seno materno de esta tierra, ños resulta incomprensible y no imaginable lo que habrá más allá. Igual corno nos sucedió cuando se acercaba nuestro propio alumbramiento. Cuando se acerque nuestra segunda ruptura, puede ser que revivamos la vieja experiencia que celebramos en cada cumpleaños pero de la que recordamos solo la alegría de nuestros padres. Ellos fueron quienes nos enseñaron a festejarla. Pero nosotros si fuéramos sinceros, tendríamos que saber que aquello nos hizo exclamar, igual como lo hará ahora:
¡ Esto es el fin !
Los que esperan nuestra llegada, sonreirán sabiendo que sólo se trata de un comienzo doloroso y festivo. Nos esperan dos brazos de padre, para decirnos:
"Vengan, benditos, al Reino que les está preparado".
Ellos desde ya nos enseñan a festejar el acontecimiento, cuando recordamos su propio pasaje desde este rancho de barro hacia la morada eterna en los cielos.
La vida no se nos quita, somos invitados a vivirla en una nueva etapa.
Fragmentos de Cuentos Rodados, del padre Menapace
jueves, 20 de septiembre de 2012
Amame tal como eres
"Conozco tu miseria, tanto las luchas y tribulaciones de tu alma, como la flaqueza de tu cuerpo enfermizo; conozco tu cobardía, tus pecados, tus desfallecimientos; y sin embargo te lo digo: ‘¡Dame tu corazón, ámame tal como eres!'Si esperas a ser un ángel antes de abandonarte y de entregarte al amor, no Me amarás nunca. Aunque caigas con frecuencia en esas faltas que no quisieras cometer nunca, aunque seas débil en la práctica de la virtud: lo soporto todo, menos que no Me ames. En cualquier instante v en cualquier disposición que te encuentres, tanto en el fervor como en la aridez, ¡ámame tal como eres! Quiero el amor de tu indigente corazón; si, para amarme, esperas a ser perfecto, no Me amarás nunca. ¿Acaso no podría Yo hacer de cada grano de arena un serafín radiante de pureza, de nobleza y de amor? ¿Acaso no podría yo, con un solo signo de mi Voluntad, hacer surgir de la nada millares de santos mil veces más perfectos y amorosos que los que he creado? ¿Acaso no soy el Todopoderoso? ¿Y si quisiese dejar en la nada para siempre a esos seres maravillosos y prefiriese más tu pobre amor que el suyo?!Hijo mío, déjame amarte, quiero tu corazón. Desde luego que tengo previsto formarte, pero entretanto, te amo tal como eres.
Y quisiera que tu hicieses lo mismo; deseo ver ascender el amor desde lo más profundo de tu miseria. Amo en ti incluso la flaqueza. Me place el amor de los pobres; quiero que, de la indigencia, se eleve continuamente este grito: ‘Señor, te amo ¿Para qué quiero yo tu ciencia y tus talentos? Habría podido destinarte a grandes cosas; pero tu serás el siervo inútil. ¡Sólo te pido que ames! El amor te llevará a hacer todo lo demás sin que te des cuenta; intenta solamente llenar de amor el momento presente; procura cumplir por amor todos tus pequeños deberes.Hoy me presento como un mendigo delante de la puerta de tu corazón, Yo, el Señor de los señores. Llamo a tu puerta y espero: date prisa en abrirme, no alegues que eres miserable, ni me digas que no eres digno. Tu indigencia, si la hubieses conocido del todo, te habrías muerto de dolor. La única cosa que podría herir Mi Corazón, sería verte dudar o faltar a la confianza.
Quiero que pienses en Mi cada hora del día y de la noche; no quiero que hagas la más mínima acción por un motivo que no sea el amor. Te concederé un amor mucho más perfecto de lo que hubieses podido soñar.Pero acuérdate de esto: ¡ámame tal como eres!. No esperes a ser santo para abandonarte Y entregarte al amor, si no, no amarás nunca jamás”.
Amame tal como eres
lunes, 10 de septiembre de 2012
Amistad
El Señor quiso ser ejemplo de amistad verdadera y estuvo abierto a todos, a quienes atraía con particular ternura y afecto. «Dejaba escapar entonces -comenta bellamente San Bernardo- toda la suavidad de su corazón; se abría su alma por entero y de ella se esparcía como vapor invisible el más delicado perfume, el perfume de un alma hermosa, de un corazón generoso y noble» (7). Y se convertía en amigo fiel y abnegado de todos. De su ser provenía aquel poder de atracción que San Jerónimo comparó a un imán extraordinario (8).
Jesús nos llama amigos. Y nos enseña a acoger a todos, a ampliar y desarrollar constantemente nuestra capacidad de amistad. Y sólo aprenderemos si le tratamos en la intimidad de una oración confiada: «Para que este mundo nuestro vaya por un cauce cristiano -el único que merece la pena-, hemos de vivir una leal amistad con los hombres, basada en una previa leal amistad con Dios» (9).
jueves, 6 de septiembre de 2012
Quiénes nos quieren de verdad en las dificultades
La Pasión de Cristo pone en evidencia lo mucho que nos ‘aprecia’. "Valemos toda la Sangre de Cristo", solía afirmar con fuerza San Josemaría. Si analizamos la palabra "redención”, entenderemos mejor la dignidad subjetiva que nos confiere. Se puede comparar con un secuestro. Si fuésemos secuestrados por un malhechor que pide, en rescate, una alta cantidad de dinero, podríamos saber lo que nuestros familiares están dispuestos a ‘pagar’. Si como rescate pagasen de hecho todo lo que poseen, nunca jamás podríamos ya dudar de lo mucho que nos estiman. Ahora bien, por el pecado original el hombre es esclavo del pecado y prisionero del Maligno, pero Cristo ha ‘pagado’ con su propia vida para liberamos. En momentos de dificultad sabes quiénes son los que te quieren de verdad.
lunes, 20 de agosto de 2012
Dichosos los que creen
“¡Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor!”
(Lc 1.45)1
Esta Palabra forma parte de un acontecimiento simple y altísimo al mismo tiempo. Es el encuentro entre dos gestantes, entre dos madres, cuya simbiosis espiritual y física con sus hijos es total. Son ellas su boca, sus sentimientos. Cuando habla María, el niño de Isabel da un salto de alegría en su vientre. Cuando habla Isabel parece que las palabras sean puestas sobre la boca del Precursor. Pero mientras las primeras palabras de su himno de alabanza a María están dirigidas personalmente a la madre del Señor, las últimas son dichas en tercera persona: “Feliz la que ha creído”.
“¡Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor!”
Es la primera bienaventuranza del evangelio, y tiene que ver con María, pero también con todos aquellos que la quieren seguir e imitar.
Hay en María un estrecho ligamen entre fe y maternidad, como fruto de la escucha de la Palabra. Y Lucas aquí nos sugiere algo que tiene que ver también con nosotros. Más adelante en su Evangelio Jesús dice: “Mi madre y mis hermanos son aquellos que escuchan la palabra de Dios y la practican”3.
Anticipando casi estas palabras, Isabel, movida por el Espíritu Santo, nos anuncia que todo discípulo puede volverse “madre” del Señor. La condición es que crea en la Palabra de Dios y que la viva.
“¡Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor!”
María, después de Jesús, es quien mejor y más perfectamente supo decir “sí” a Dios. Y, sobre todo, esta santidad suya es su grandeza. Y si Jesús es el Verbo, la Palabra encarnada, María, por su fe en la Palabra, es la Palabra vivida, pero criatura come nosotros, igual a nosotros.
El rol de María como madre de Dios es excelso y grandioso. Pero Dios no llama sólo a la Virgen a generar Cristo en sí. Si bien de otro modo, todo cristiano tiene un deber parecido: el de encarnar a Cristo hasta repetir, como San Pablo: “Y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí”4.
¿Pero cómo actuar esto?
Con la actitud de María hacia la Palabra de Dios, y esto es, de total disponibilidad. Creer, por lo tanto, con María, que se realizarán todas las promesas contenidas en la Palabra de Jesús y, si hace falta, afrontar, como María, el riesgo del absurdo que a veces comporta su Palabra.
Grandes y pequeñas cosas, pero siempre maravillosas, suceden a quien cree en la Palabra. Se podrían llenar libros con los hechos que lo prueban.
Quién puede olvidar cuando, en plena guerra, creyendo en las palabras de Jesús “pidan y se les dará”5 hemos pedido todo aquello que tantos pobres en la ciudad necesitaban y veíamos llegar bolsas de harina, cajas de leche, de mermelada, leña, ropa.
También hoy suceden las mismas cosas. “Den, y se les dará”6 y los armarios de la caridad están siempre llenos, y son vaciados regularmente.
Pero lo que más impresiona es que las palabras de Jesús son verdaderas siempre y en todas partes. Y la ayuda de Dios llega puntual también en circunstancias imposibles, y en los puntos más aislados de la tierra, como sucedió hace poco a una madre que vive en extrema pobreza. Un día sintió el impulso de dar sus últimas monedas a una persona más pobre que ella. Creía en aquel “den y se les dará” del Evangelio. Y tenía una gran paz en su corazón. Poco después llegó su hija más pequeña y le mostró un regalo que recién había recibido de un anciano pariente que, por casualidad, había pasado por ahí: en su manito estaban las monedas multiplicadas.
Una “pequeña” experiencia como esta nos empuja a creer en el Evangelio, y cada uno de nosotros puede probar esa alegría, esa beatitud que viene del ver realizadas las promesas de Jesús.
Cuando en la vida de todos los días, en la lectura de las Sagradas Escrituras nos encontremos con la palabra de Dios, abramos nuestro corazón a la escucha, con la fe de que lo que Jesús nos pide y promete se cumplirá. No tardaremos en descubrir, como María y como aquella madre, que Él mantiene sus promesas.
Chiara Lubich
Publicación mensual del Movimiento de los Focolares
1. Este texto fue publicado en agosto de 1999.
2. G. Rossé, Il Vangelo di Luca, Roma 1992, p. 67. La traducción es nuestra.
3. Lc. 8, 21.
4. Gál. ,12
5. Mt. 7,7.
6. Lc. 6, 38.
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Padre Adolfo Menéndez
El autor
Nací en USA en 1940 de padre español y madre panameña. Entré en la orden religiosa de los misioneros de San Francisco Xavier en 1959. Fui ordenado sacerdote en 1968. Pasé los primeros 7 años de mi vida como misionero sacerdotal en Japón. Regresé a USA para cumplir unos estudios en religiones comparativas. Después de 7 años me pidieron ir a México donde pase 23 años cumpliendo con varios cargos: atendiendo ranchos que se encontraban en la sierra o en el desierto; siendo maestro y director de una escuela; dando clases de teología en un seminario mayor regional; sirviendo a mi congregación misionera en varios cargos como superior mayor o rector de una casa residencial de estudios para jóvenes-adultos que buscaban ser misioneros. Regresé a USA en 2001 para servir en dos universidades públicas como capellán y maestro en diferentes momentos de tres disciplinas teológicas: Misiología, Cristología, Fundamentos de la moral católica. En este momento me encuentro como capellán católico en la universidad del estado de Illinois.
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