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viernes, 21 de mayo de 2010

Recuerda las pequeñas cosas

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El éxito es un asunto de Dios.Esforzarse es un asunto personal.


San Agustín una vez dijo: “Ser fiel a las pequeñas cosas es una gran cosa”.

La devoción a la familia suena como algo muy simple y lo es.

La gratitud, la humildad y la fidelidad son las pequeñas cosas. Son cosas pequeñas  pero al mismo tiempo son
difíciles. Es fácil hablar sobre resolver los problemas en la sociedad con grandes planes políticos y sociales a nivel nacional, porque de esta manera se puede culpar a alguien más, si el plan no funciona.

El cambio personal, la integridad moral del individuo, la fidelidad a las personas y a los principios  es un trabajo más difícil, porque estamos atados a nosotros mismos y no podemos culpar a nadie más si fallamos.

Pero si persitimos en estas pequeñas cosas, lograremos una gran cosa. ¡Afectaremos a otros! Una vida con buenas acciones puede comenzar por cambiar el mundo.

Un reportero preguntó una vez a la Madre Teresa de Calcuta el secreto de su éxito. Ella respondió que no había sido llamada para tener éxito, sino para esforzarse. El éxito es un asunto de Dios. Esforzarse es un asunto personal. Ella no fue llamada para encontrar grandes soluciones para la pobreza, sino de vivir la pequeña solución de su amor personal, que a su vez se convertiría en una infección de amor en el corazón de otras personas.

miércoles, 28 de abril de 2010

La gran bendición

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Invocando el cuidado de Dios sobre alguien o algo; es lo que entendemos por una bendición. Lo contrario, una maldición; es desear el mal al otro. ¡Una bendición o una maldición! Aquí tenemos una opción fundamental que forma nuestro destino.

El señor instruyó a Moisés en cuanto a las bendiciones. Por medio de palabras de aliento y aprobación, nosotros deseamos el bien a otras personas a través de la intercesión de Dios. Cada uno de nosotros debemos ser un don y una bendición para los demás. Estamos llamados a ser instrumentos de la paz de Dios. Sabemos desde las escrituras que María fue bendecida. La cara del Señor brilló sobre María a través del mensaje del Ángel Gabriel en la Anunciación, a través del saludo bendito de Isabel en la Visitación, en el mensaje de los pastores en el momento de la Natividad del Señor. Dios realmente fue generoso con María, porque la vio con bondad y le dio paz.

La respuesta de María a esta gracia fue total y leal. Ella se reflejó sobre las cosas asombrosas que Dios le había hecho y las atesoró en su corazón. Ella nombró a su hijo Jesús y lo ofreció a Dios Padre. Bendición sobre bendición. Ser bendito, como fue María, es experimentar la posibilidad de la felicidad.

En un poderoso escrito de introducción de la espiritualidad de San Juan de la Cruz, el autor Iain Matthew tiene un capítulo titulado “El Evangelio tiene ojos.” El mensaje básico es que cuando Dios mira; ama y da bendiciones sobre lo que esta viendo. El mensaje que Dios le dio a Moisés en cuanto al brillo divino en nuestra cara, se refiere a Dios mirándonos bondadosamente. En la mirada de amor de Dios, encontramos nuestra paz.

Un poeta proclamó: “Hágase un don y una bendición.” Ciertamente tenemos que llegar a ser una bendición para todas las personas que encontramos sonriendo a través de una mirada alentadora y bondadosa. Una gran parte de cada vocación cristiana consiste en ser una bendición para otros.

¿Quién te ha bendecido en tu vida? ¿Para quienes has sido una bendición? Al inicio de este nuevo año ¿estás dispuesto a comprometerte de nuevo a ser un don y una bendición para todas las personas que te encuentras?

martes, 30 de marzo de 2010

¡Si sólo pudiera traicionarme!

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La mayoría del tiempo un pecador no se ve a sí mismo como pecador. Él se identificará a sí mismo tan profundamente con sus pecados que estos pudieran parecer actos positivos para él.

Es mas fácil identificarse con San Pablo porque con mucha honestidad comperte con nosotros una experiencia personal que nosotros mismos tenemos. El dice, “No soy yo quien obra el mal, sino el pecado que habita en mi. Bien sé que el bien no habita en mi, quiero decir, en mi carne. El querer está a mi alcance, el hacer el bien, no. De hecho no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero. Por lo tanto, si hago lo que no quiero, eso ya no es obra mia sino del pecado que habita en mi”. (Romanos 7: 17-20)

¡Cuan Hermosa es nuestra fe! Cada uno de nosotros está llamado a ser un santo, o mejor dicho, ser ese santo aquí maravillosamente distinto a aquel santo que está allá; sin embargo todos somos uno en Cristo. Algunos santos gobernarán un reino como el francés Luis IX, y algunos santos caminarán descalzos por las montañas, como el humilde San Francisco de Asis. La gracia nos afila para que lleguemos a ser nosotros mismos; esto es, lo que Dios quiere que seamos. Es como el pecado, “una masa pequeña y apestosa de estiercol” que deslumbra y hace difícil ver el centro de nuestro ser.

Así como San Pablo dice que cuando pecamos no somos nosotros quienes hacemos el mal, sino que el pecado – como una parodia del Espíritu Santo - hace su morada dentro de nosotros. Ahora vamos a entendender claramente lo que esta diciendo. Por ejemplo, si Juana toma al esposo de Tomasa, Juana será castigada por haberlo hecho, porque Juana esta pecando gravemente. Sin embargo, en otro sentido, no es Juana quien desea el pecado. No es Juana como Dios deseó verla, aquella mujer verdadera que está como prisionera enterrada debajo de las costras del pecado. Es una falsa Juana porque algo la ha tomado presa.

La mayoría del tiempo un pecador no se ve a sí mismo como pecador. El se identificará a sí mismo tan profundamente con sus pecados que estos pudieran parecer actos positivos para él. Separarse de ellos; sería como sentir que su pecho se abre y que esa cosa rocosa llamada Corazón, es arrancado difícilmente con pinzas ya rojas por el fuego. Sin embargo, aún a veces el pecador verá la verdad de su condición. Cuando su voluntad se contradice; cuando él sabe lo que es el bien y lo desea pero no lo puede hacer; cuando él ve que es como una ciudad cautiva cuyos actos estan decididos por su gobernador. El pecado es ese gobernador usurpador. Para el pecado no hay remedio. Se arroja a las puertas de entrada para que estén completamente abiertas a otro conquistador, nuestro Señor Jesucristo.

domingo, 21 de marzo de 2010

Apariciones

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¿Hasta que punto conocemos realmente a Dios, a nuestro Dios? ¿Cuan sensitivos somos para escuchar su voz? Nuestro Dios eterno y creador siempre labora, nunca se cansa ni se debilita en su constante comunicación de si mismo hacia nosotros. Si verdaderamente estuviéramos despiertos, deberíamos saber que estamos en un ambiente divino ya que Dios es el mismo aire que respiramos.

Las cargas que llevamos, el peso de nuestras preocupaciones y pecados nos aturden de tal manera que no estamos conscientes de las manifestaciones de Dios; por esta razón a veces ocurren apariciones especiales como en el caso de Moisés y el arbusto ardiente, la experiencia de conversión de San Pablo, y las revelaciones a Fátima y Lourdes. En 1531 la Virgen María apareció al manso y humilde Juan Diego; ahí, María tomó la apariencia y la voz de una dama indígena azteca. Esta aparición cambió a Juan Diego y a todo México.
En cuanto a las apariciones se encuentra la siguiente reflexión poética:

¿Hay un arte para hacerse visible?En “Hamlet”, el espíritu llega
y trajo consigo una verdad escondida.

Entonces, María, en su silencio y soledad
escuchó al ángel Gabriel,
y “vió” el amor de Dios.

El poeta Hopkins,
caminando en nuestro mundo,
fue sacudido por la grandeza de Dios.
“Ningunas apariciones me han llegado.
Ningún espíritu, ningún ángel, ninguna visión mística.
Sin embargo, justamente ayer,
el amor se hizo visible
en una sonrisa del otro lado del pasillo.”

Pensando en las apariciones pregúntate ¿Que papel juega María en tu vida espiritual? ¿Hasta qué grado la obediencia y el darte a ti mismo gobierna tu vida espiritual? ¿Hasta qué punto estás atento a la comunicación de María? ¿Hasta qué grado respondes con amor?

jueves, 11 de marzo de 2010

Agradecidos por la vida

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Como creaturas, nosotros estamos limitados por el tiempo y el espacio. La infinidad y la eternidad son conceptos que nos llevan al campo del misterio. Nos acercamos a estos fenómenos con humildad porque nuestro conocimiento sobre ellos está limitado.

No obstante,  la palabra de Dios nos asegura que nuestra vida en este mundo no es toda la realidad. Dios nos da una vida eterna en y por medio de su hijo Jesucristo.  Si estamos unidos a Cristo en su vida y muerte,  estaremos unidos con él en su gloria eterna.

Para nosotros es difícil imaginar como es la vida eterna.  Lo que Dios ha preparado para los que lo aman es algo que ningún ojo ha visto y ningún oído ha escuchado. Estamos en el campo del misterio, una realidad que nuestras facultades finitas no pueden comprender. Por eso, pedimos el don de la fe, el don de la confianza.  Jesús ha hecho una promesa y él mantiene su palabra. Nosotros estamos encaminados hacia la Gloria.

Así como el reino de Dios ya está presente entre nosotros en varias formas parciales, así también es la vida eterna.  Hay experiencias de vida que insinúan y revelan la eternidad.  Un sociólogo llama a esto “Señales de trascendencia”. ¿No es cierto que todos nosotros hemos sido llevados más allá del tiempo y el espacio por el amor, o un juego que nos coloca en otra realidad, o una novela o pieza musical donde nosotros nos “perdemos”?

Nuestro desafío va en 2 direcciones;  vivir esta vida plenamente para que estemos preparados para la vida eterna  y estar agradecidos por ambas: nuestra vida en este mundo y la promesa de vida eterna. Alguien comunicó el siguiente consejo: “Yo quiero dar a entender que  las personas no deben jugar  la vida o simplemente estudiarla, mientras que la comunidad los apoye en este juego costoso, debemos de todo corazón vivirla desde principio a fin. “  Y podemos añadir y mas allá.

¿Has tenido  experiencias de cuando el tiempo y el espacio desaparecieron? ¿Vale discutir con un amigo lo que se entiende por  eternidad? ¿Hasta que punto estás agradecido por esta vida y por la promesa de una vida eterna?

martes, 23 de febrero de 2010

"¡Qué maravillas han hecho tus manos!"

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Piensa en la última cosa que has hecho. Puede ser algo artístico como un dibujo, un arreglo floral o algo útil como una terraza o un modelo de avión. Cuando reflejas con satisfacción lo que has hecho, te das cuenta que algo de ti mismo se ve reflejado en el trabajo que hicieron tus manos. Entre mas desarrollas tus habilidades artísticas y otras habilidades más puedes identificarte con tu trabajo. Si esto pasa con nosotros los mortales, quienes estamos atados, obligados a trabajar con materiales ya existentes, imagina cómo es para Dios quién creó todo de la nada.

Cuando hacemos algo, primero buscamos un modelo o patrón a seguir. Cuando Dios creó a partir de la nada, no existieron patrones en los cuales se pudo haber basado. En cambio, la sabiduría divina por sí  misma sirvió como ejemplo, modelo o patrón para crear. Por esta razón, San Pablo dice  a todas las personas y no solo a los creyentes, que no tienen excusa para olvidarse de Dios ni para representarlo con la imagen de una creatura. Cada ser humano puede descubrir en la creación una imagen de los atributos invisibles de Dios, de su poder eterno y de su divinidad.

Hoy en muchas partes del mundo, vemos el resurgimiento del antiguo materialismo ateo. Ciertos científicos miran al mundo y declaran que la creación,  no señala los atributos invisibles de Dios, sino que Dios no existe.

Ellos dicen que lo material no necesita explicación. San Pablo rechazó esta postura poco profunda sobre el mundo material. Por el contrario, él le dijo a la gente de su época que no podrían encontrar ninguna excusa o defecto para no adorar a Dios quien creó el cielo y la tierra.  Y después habló de la gran inmoralidad visible y extendida que caracterizaba la realidad moral del primer siglo. Cuando uno se olvida de Dios lo creado desaparece.

Como dice San Pablo, “Lo que él es y que no podemos ver ha pasado a ser visible gracias a la creación del universo, y por sus obras captamos algo de su eternidad, de su poder y de su divinidad.” (Romanos 1:20)

martes, 19 de enero de 2010

El Padre Nuestro

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¿Qué ocurrió cuando Jesús se retiraba a la montaña para orar? Si pudiéramos gatear dentro de su soledad y escuchar su comunicación con Dios Padre estaríamos verdaderamente bendecidos. Pero ¿qué es exactamente lo que Jesús nos ha dado en la oración del Padre Nuestro? En ella encontramos la oración de Jesús en toda su simplicidad y belleza.

Podemos examinar unas pocas frases de esta oración bajo la luz de la sagrada escritura (Marcos 6: 45-52)
¡Santificado sea tu nombre!... ¿Qué puede ser Dios si no es amor? El papa Benedicto XVI llamó nuestra atención a este misterio en su primera carta encíclica Deus caritas est. En la primera carta de San Juan (capítulo 4: 11-18) se dice esto de manera muy clara: “Dios es amor, y el que vive en el amor vive en Dios y Dios en él.” Por esa razón si nosotros utilizamos los nombres Padre, Hijo y Espíritu o Creador, Redentor y Santificador hablamos de ese único nombre: AMOR. Sobre la montaña en su tranquila soledad Jesús experimentó de nuevo la intimidad que es el fin último de la oración.

Venga a nosotros tu reino…  En el corazón de la oración de Jesús hubo una pasión, que Dios Padre reinara en los corazones de todas las personas y naciones. El deseo caracteriza la oración. Es el latido de la oración. Así vemos que Jesús era celoso por la verdad y la caridad, la libertad y la justicia, las 4 características del reino que llamamos Paz. Cuando se experimenta este reinado, el temor no puede encontrar una casa, un lugar donde hospedarse, esta expulsado por el amor perfecto; está expulsado por la cercanía de Dios.

¡Hágase tu voluntad!... La oración auténtica nos lleva a la conversión del corazón. Cuando subimos a la montaña con Jesús para participar en su oración al Padre, deberíamos estar dispuestos a rendir nuestro espíritu rebelde. Deberíamos estar dispuestos a dar la espalda a todo lo que se opone a la voluntad de unidad y paz de Dios.

Un teólogo lo dice bien: “Pero la oración, en un corazón sereno, amable y atento  descansa en Dios, es todo un camino de vida. La oración es el vivir desde el corazón como respuesta a una vida que fluye derramándose; es  amor.”

¿Qué papel juega el “Padre Nuestro” en tu vida espiritual?

miércoles, 30 de diciembre de 2009

La ley y el amor

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Porque mientras que la ley fue dada por medio de Moisés, la gracia y la verdad llegaron por Jesucristo. (Juan 1-17)


Para los que son indisciplinados y tienen necesidad de una dirección constante, las leyes son un gran beneficio. Los que viven en la justicia y cumplen sus responsabilidades,  la llamada a amar es una gracia sin precio. En las etapas diferentes en nuestra peregrinación humana, necesitamos ambas bendiciones: las  leyes en los días de nuestra juventud intranquila; y el amor en las etapas de la madurez.


Moisés es símbolo de la ley. Bajó de la montaña con sus santas tablas de piedra donde fueron labradas los principios que protegen y promueven las relaciones con Dios, con otros, y con nosotros mismos.

Los mandamientos son normas que nos llevan a la libertad auténtica. Mantienen el rio en su límite y previene la inundación destructiva de energía humana que puede causarnos daño a nosotros,  a nuestra relación con Dios y con otras personas.

Jesús atesoró los escritos de las escrituras hebreas y conoció bien la Ley de Moisés. Edificando sobre esta base, nuestro Señor nos llamó a una vida de amor con sacrificio, a darse  uno mismo imitándolo a él. El amor no solamente cumple con la ley,  va mas  allá de ella porque trae la felicidad y la paz que solamente el amor duradero puede alcanzar.

Moisés  entendió bien  la centralidad del amor. En su experiencia del arbusto ardiente, Moisés  tuvo un encuentro con Dios  quien es amor. Esa revelación dio forma y cambió para siempre el corazón de Moisés. En lo profundo de su ser  supo que la santidad es algo más que mantener la ley; la santidad implica el llegar a ser una persona amable.

La enseñanza de Jesús sobre el amor no era ni romántica ni sentimental. El amor que él enseñó incorporó la ley de la Cruz. Cualquiera que lo siga sobre su senda de amor, tendría que aceptar la ley de cargar su cruz cotidianamente. Por eso el ser discípulo implica que uno abraza la ley y el amor.


Santa Teresita del Niño Jesús, doctora de la Iglesia, escribió en su autobiografía: La historia de un alma: ”oh ¡Cómo amo este Nuevo mandamiento siendo que me da la seguridad que tu divina voluntad es amar en mí a todos los que tú me ordenas amar!”

martes, 22 de diciembre de 2009

Sacramento del Órden Sagrados

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Hay personas en nuestra Iglesia Católica, en nuestra comunidad de fe que están a la disposición de nosotros para servirnos en nuestras necesidades espirituales. Estos individuos son los ministros sagrados de nuestra Iglesia Católica. Ellos fueron ordenados por un obispo por medio de un sacramento especial llamado el sacramento de las órdenes sagradas. Con este sacramento se construye la jerarquía de diacono, sacerdote y obispo en nuestra familia de fe.

      Como en el caso de los sacramentos del Bautismo y la Confirmación se puede recibir este sacramento solamente una vez en vida. Inicialmente se ordena un hombre ‘diacono’ y después él puede recibir el orden de sacerdote y más adelante el orden de obispo. Siendo que se recibe este sacramento por vida nunca puede ser ordenado de nuevo como diacono, sacerdote u obispo.

      Únicamente los hombres pueden recibir el Sacramento de Órdenes Sagradas.

      Jesucristo instituyó el Sacramento de Ordenes Sagradas al mismo tiempo que hizo el Sacramento de la Sagrada Eucaristía en la Ultima Cena.. Para poder cambiar el pan y el vino en el cuerpo y la sangre, el alma y la divinidad de Cristo, necesitamos sacerdotes a quienes se les ha dado este poder por medio de su ordenación sagrada a manos de un obispo.

      Los obispos reciben el grado más alto de Ordenes Sagrados  Muchas veces se dice que los obispos han recibido “la plenitud del sacerdocio”, lo cual significa que únicamente ellos tienen la autoridad de ofrecer todos los siete sacramentos. Los sacerdotes tienen el poder y la autoridad de celebrar cinco de los sacramentos [el bautismo, la confesion la Eucaristía (la Misa), el matrimonio y la unción de los enfermos]. Los diáconos pueden celebrar dos sacramentos, el bautismo y el matrimonio cuando se celebra sin una Misa de Bodas. En casos extremos algunos sacramentos pueden ser dados por alguien que no es ministro, como el bautismo cuando la persona a bautizar está en peligro de muerte o el matrimonio en los países de misión donde no está presente con regularidad un sacerdote o diacono. Sin embargo, normalmente es el obispo, el sacerdote o el diacono quienes celebran los sacramentos, porque una de sus funciones principales es la administración de los ritos sagrados de la Iglesia.

      Los diáconos, sacerdotes y obispos reciben bastante entrenamiento pastoral y teologal. En un sentido se puede comparar su entrenamiento con el de los médicos y abogados.

      El Sacramento de Ordenes Sagradas no convierte al hombre en un aristócrata, pero si confiere la dignidad del sacramento, y eso implica que tiene que obedecer al Papa y estar al servicio de la familia de Dios, los creyentes. En la historia han habido hombres ambiciosos que han abusado de su oficio de obispo, sacerdote o diacono. No obstante, el fin original del Sacramento de Ordenes Sagradas no fue para crear una clase de privilegiados sino para proveer un liderazgo espiritual. Por eso, es muy importante que el pastor conozca y ame a su rebaño, a las personas a quienes debe guiar y servir en vez de verlos como sirvientes.

      Un obispo, sacerdote o diacono puede retirarse de su actividad ministerial o puede ser que se le obliga a retirarse porque se ha comportado malamente. Sin embargo, nunca se puede quitar de ningún diacono, sacerdote o obispo el Sacramento. El que ha sido obligado a retirarse no debe usar ropa clerical y no tiene permiso para funcionar como sacerdote, diacono u obispo. Esto es un castigo por haber cometido un acto criminal o haber causado escándalo.

      Sin embargo, a veces un diacono, sacerdote o obispo que no ha hecho nada inmoral o criminal puede pedir que le permitan en adelante vivir su vida como laico, sin tener que celebrar su ministerio sagrado. Tampoco ellos pueden usar su ropa clerical. Su petición para entrar y vivir a la vida como laico tiene que ir a Roma y solamente el Vaticano puede aprobarla. Con la aprobación quien hizo la petición ese hombre puede casarse pero nunca más puede celebrar los sacramentos públicamente. Existe una excepción: cuando se encuentra una persona moribunda y no hay otros sacerdotes al alcance el ministro a quien se retiró su permiso para realizar los sacramentos, puede confesarlo y darle el sacramento de los enfermos. Esta es la única excepción, una excepción hecha para favorecer a los que ya tienen un pie en el otro mundo.  

Blogumulus by Roy Tanck and Amanda Fazani

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